lunes, 1 de febrero de 2010

Yo renuncio

Renuncio. A esta altura de las vacaciones yo renuncio. Estoy tipeando este post con una sola mano. La otra la tengo ocupada evitando que la Male haga trecking sobre mi cabeza.

No es gracioso. No es justo. ¿Por qué todas las colonias que conozco terminan en enero?

Escucho un grito. Volteo la cabeza. La Male enganchó su dedito del pie en mi silla de escritorio. No me da pena, las sillas son para sentarse, no para escalar. ¡Que aprenda po!

Le pido a la Sol que se siente a jugar con su hermana. Se van al living y escucho risas. Voy: están piluchas saltando sobre el sillón Rosen 100% cuero. Las miro fijo y se bajan. Entonces la Male grita “¡caca!” y se mea en el piso. Suficiente, me voy de casa. Que se ocupe la nana.

Voy al Banco a hacer un trámite y de casualidad me encuentro con una amiga. Nos pusimos a conversar y terminamos hablando de lo mismo de siempre: hombres. ¿Por qué los niños se portan siempre mejor con ellos que con nosotras?

Nos aguantamos 12 horas de puras pataletas, él abre la puerta, corren a abrazarlo y entonces dice: “¿No estarás exagerando gorda? ¿Tan mal se portaron?”. Y te lo quieres comer crudo.

No importa cómo ni dónde se hayan educado, pasados los 35 todos los gallos son exactamente iguales. Hago esta aclaración porque mi esposo tiene 34, así que nada de lo que escriba aquí hace referencia a él...

Supe que unos cuanto maridos de amigas leen mi blog. Lo supe no porque soy adivina sino porque los muy frescos vinieron a alegar que cómo no escribía más sobre ellos, que hacen todo por nosotras y nuestros hijos, que nos ayudan en la casa, que trabajan 16 horas al día, etc, etc, etc. Así que aquí va este post, especialmente dedicado a todos ustedes, que en este momento se están mordiendo el labio mientras piensan: “chuta, será que va a decir que jamás he cambiado un pañal. Please que no me nombre como ejemplo de los que viajan por pega todo el tiempo. Que no diga que me voy al fútbol y la dejo sola con los cuatro cabros porque la Loli me mata”. No teman, voy a reservarme sus nombres. Sólo por esta vez.

Comencemos por un ejemplo: ayer estábamos con un grupo de gente en una piscina. Los pendejos iban y venían, hasta que de repente el Tomi desapareció. Todo el mundo buscaba al cabro. Todos, menos su papá, que desde abajo de un quitasol daba órdenes: “Por qué no se fijan en la temperada”. “Ya miraron si no fue pa donde venden los helados”. Como 15 minutos duró la búsqueda. El Tomi estaba en el baño y, obvio, lo encontró la mamá.

Ejemplo 2: la Millie tuvo guagua hace tres semanas y estaba dando papa. El Nico jugaba feliz con su papi. En eso el hombre viene disparado, con el niñito casi volando de la mano. “Quiere hacer caca, llévalo tú, yo no sé limpiarlo”. Y así partió al baño la pobre mujer, con el bebé colgando de la teta y el de tres años de la mano.

Ejemplo 3: el marido de la Ale es de los que se lo pasan arriba de un avión. Ayer estaban empacando para viajar a las termas de Puyehue cuando él le dice: “Espero que el all inclusive incluya algún servicio de baby sitting, así podemos descansar de los niños”. O sea, él descansa todo el año de los niños!!

Mujeres, madres, esposas: hagamos que febrero valga la pena. Finjamos gripes, neumonias, lo que se les ocurra. Acostémonos, tapémonos hasta el cuello y que ellos se ocupen.

Yo, renuncio.

jueves, 21 de enero de 2010

revelación en el Baby Shower

La Joana está a punto de explotar y sus amigas le organizaron un tremendo Baby Shower. El ambiente parecía salido de la última edición de Martha Stewart Kids. Globos rosados colgando del techo, decorando maceteros, servilletas importadas con motivos de guagua, guirnaldas de osos, piluchos pegados a las paredes. Ni un detalle faltó. Topísimo, y la verdad que lo pasamos chancho.

No éramos muchas, lo cual me hizo sentir muy agradecida por la invitación. Y entonces me puse a pensar cómo había sido que, en apenas unos tres meses, la Joana y yo nos habíamos hecho lo suficientemente cercanas como para invitarme a esta cuestión. Y lo descubrí: es que, en cierto momento de la vida, las mujeres buscamos “amistades útiles”. Y cuando las encontramos, no las dejamos ir.

Mi teoría es la siguiente: la Joana y yo nos hicimos amigas, básicamente, porque nuestras hijas se hicieron amigas. Y nuestras hijas se hicieron amigas, básicamente, porque nosotras nos caímos bien, tenemos la misma edad, ondas similares, etc. Es un círculo vicioso, y virtuoso.

Piensen: ¿quiénes son sus amigas más cercanas, las que tienen hijos de las mismas edades que los suyos o la soltera que la juega de tía pero no entiende nada de maternidad? Y ustedes, las otras, piensen. ¿Con quién han conversado últimamente, con la que como ustedes anda pololeando y planificando la mochileada de febrero o con su amiga de la infancia que nunca tiene tiempo porque siempre está ocupada corriendo detrás de los cabros chicos? ¡Eureka! No somos malas, somos mujeres. Somos prácticas, y buscamos amistades que nos sirvan, nos reditúen, por decirlo de alguna manera.

La Camila se educó en un colegio de monjas. Yo, en uno judío. Ella es descendiente de japoneses, y yo los únicos japoneses que conocía eran los de la tintorería de la vuelta de casa. Ella viajaba a Disney en Business. A mí con cueva si me llevaban en barco al Uruguay. Ella ama la comida orgánica. Yo amo Burguer King. Ella morocha, yo rubia. Ella pelo lacio, yo frizz. Ella flaca, yo ...

Hasta que un día nos topamos en un jardín maternal, su Lola y mi Sol se hicieron inseparables, y de repente resultó que ella y yo teníamos demasiadas cosas en común. Hoy, cinco años después, es la madrina de la Malena y la persona a la que de verdad le confiaría a mis hijas si algún día me pasara algo (¿valdrá esto como testamento?).

Volviendo al punto: yo estaba en el Baby Shower por ser la mamá de la amiga de la hija de la Joana. Al revés de lo que los hombres piensan, las minas no somos nada jodidas. Somos híper pragmáticas. Buscamos lo que nos conviene, ¿o no? Una amiga con niños de la misma edad que los propios es una apuesta segura, como un blue jean recto. En cambio una sin hijos, o con hijos mucho más pequeños o mucho más grandes, o recién separada, es como comprar un vestido estampado. Necesitas tenerlo en tu closet, pero te lo pones una o dos veces por temporada, ¡no más! Y no porque no quieras, sino porque realmente no encuentras oportunidad de usarlo.

Claro que esta teoría no aplica en al ámbito laboral. Allí una es profesional, la maternidad se neutraliza, nos acercamos a nuestras pares para pelar al jefe, y pa eso no es necesario compartir situación familiar. Pero afuera, es fija.

Suena horrible, ya lo creo, pero si lo piensan verán que no es tan malo. De hecho es una revelación que pretende ahorrarles tiempo a todas, para que no anden invirtiendo en relaciones que no llegarán a nada. Hagan la prueba, la próxima vez que tengan oportunidad de conocer a alguien, antes de preguntarle el nombre, pregunten estado civil y cantidad de hijos. Así, al menos, sabrán la probabilidad de que las inviten o no al Baby Shower.

lunes, 11 de enero de 2010

Las madres Queni

Hay un estilo de madres que me pone muy nerviosa: las Queni. Queni trabajan, Queni se ocupan de los niños. El viernes a las 11 de la mañana llevé a la Male a los juegos del mall de la Dehesa. Me llamó la atención una nana que cuidaba, sola, de cuatro pequeños hermanitos. Si escuché bien, se llamaban Benjamín, Amalia, Pedro y Catalina. Sorry si alguien los conoce, pero bien vale el ejemplo.

El Benjamín y el Pedro caminaban por el resbalín, y las niñitas saltaban por el puentecito, de un lado al otro, sin parar. Hasta que una dio un mal paso y cayó de guata al suelo. Pegó un grito desconsolado y en eso veo que una tipa que estaba sentada en la otra punta, leyendo un libro con un vaso de Starbucks en la mano, le grita sin levantarse de la silla: “No pasó nada mi niña, vuelva a jugar y tenga más cuidado”. Y luego pide a la mujer de uniforme azul: “Por qué no los lleva a comprar unos dulces así se tranquilizan”.

Yo no estoy en contra de las mujeres que eligen dedicarse a la maternidad. Las admiro, entre otras muchísimas cosas, por tener la capacidad de no sentir ni un poco de culpa cuando usan la tarjeta de débito (cosa que todavía no he logrado). En cambio, sí me declaro ferviente opositora de estas madres Queni. O sea: la profesión, o la familia. Las dos, ojalá. Pero ninguna... en el año 2010 ¡no da!

Igual típico que después son las que descubren que el marido las engaña y se hacen las huevonas con tal de no tener que hacer el esfuerzo de encontrar otro ganso que las mantenga. ¿Y quién puede culparlos? ¿Qué hombre quiere al lado una mujer Queni? Ninguno supongo. El mío al menos me daría una patada en el poto que me llevaría sin escalas hasta Buenos Aires. Ida y vuelta.

Tengo amigas ricas, pobres, judías, católicas, agnósticas, gerentas de bancos, parvularias, abogadas, desempleadas, madres dedicadas. Tengo amigas de todos los colores, formas y tamaños. Pero no tengo ni una amigas Queni. De hecho jamás sería amiga de alguna. Supongo se deben juntar entre ellas, a hablar de temas queni me interesan.

Pero si alguien conoce a alguna, y la quiere, le pido por favor que la transmita la siguiente reflexión: el primer ejemplo para nuestros hijos, somos nosotras. Si les enseñamos que mamá se levanta temprano para ir a trabajar y cuando vuelve, agotada, se sienta a ayudarlos con la tarea, el día de mañana sabrán del valor del sacrificio, la perseverancia y la importancia de la educación. Si estamos todo el día con ellos, aprenderán que en la vida hay tiempo para todo y que a veces una elige postergarse un poco para priorizar un proyecto familiar.

Ahora, si les enseñamos que mamá ni trabaja ni se ocupa de ellos porque total para traer la plata está el papi, y para cuidarlos las nanas, el día de mañana aprenderán exactamente eso: que siempre se puede contratar a otro para que haga lo que no tenemos ganas de hacer. Es decir que según esta teoría, las madres Queni tienen un 100% de posibilidades de terminar abandonadas en un geriátrico, mientras sus hijos llevan a los nietos al mall para leer un libro y tomar café. Que feito. Pobres Quenis.

jueves, 7 de enero de 2010

Diez reflexiones de mis días en Buenos Aires

1. Las mamás sirven en dos momentos particulares de nuestra vida. Cuando somos pequeños para que nos cuiden, y cuando tenemos hijos para que los cuiden. Dejar a los cabros chicos al cuidado de los abuelos es un verdadero lujo que había olvidado. Ahora, de los cinco a los treinta años, ¿para qué necesitamos una madre? Buena pregunta.

2. Las madres argentinas tienen cero drama con operarse las pechugas. Ví más tetas turgentes de lo esperado. Y me sentí muy, muy, muy humillada.

3. Lo que más extrañaba de Buenos Aires era tener la posibilidad de caminar por la calle. La lata es que están tan poceadas que terminé extrañando las avenidas sin vereda de Santiago. Pasear con un cochecito de guagua es una verdadera misión imposible. Una pena.

4. Yo creí que como allá estaba mi familia iba a desentenderme completamente de las niñitas. No pasó. Se ve que de verdad me quieren y me necesitan... Evidentemente sigo haciendo las cosas mal.

5. ¿Por qué será que los maridos creen que cuando una sale de vacaciones tiene que tener mejor humor y más apetito sexual que de costumbre? Sobre todo si las vacaciones no incluyen nana... Como ya dijimos: doble pega, ¿qué tiene eso de bueno? ¿O de sexy?

6. Si viajas a la Argentina no lleves perfume. Lleva repelente para los mosquitos que es lo único que vas a usar. No tiene nada que ver con la maternidad, I know, pero créeme que agradecerás el dato.

7. Las colonias de vacaciones son un gran invento. Es injusto que todos conozcamos a Steve Jobs y nadie a ese gran héroe que inventó la primera colonia. A ese hombre o mujer habría que darle el Nobel de la Paz (de la Paz mental).

8. Estaba en la piscina jugando con las niñitas, mientras mi marido tomaba licuado de durazno con naranja. Y en ese momento tuve una macabra revelación: soy el peor Mc Combo del mundo. Si él me deja, con esta guata y dos pendejas no me toma nadie. O bajo la guata, o cuido de mi marido.

9. Es un mito que las mujeres argentinas son lindas y flacas. Yo tengo UNA amiga gordita.

10. Lo mejor que le puede pasar a una madre en vacaciones... ¡es que terminen!

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Hablemos de ellos

Mi marido es un gran padre. Ayuda ene. Alguien alguna vez le dijo que era el Roger Federer de los padres... es posible. Levanta a las cabras chicas para ir al colegio, las cambia, por las noches las baña. Digamos pobrecito que mucha opción no tenía. Con una auténtica mala madre como coequiper, o aperraba o las pobres niñitas quedaban a la deriva.

No me quejo. Bueno, un poco sí me quejo. Es que encuentro que es fácil: hace un esfuerzo en la mañana, luego se va a la oficina, ¡y chao! Hasta la noche no vuelve a ver a las niñitas. Hace vida de adulto: a menos que a él se le derrame bebida sus camisas siguen blancas al final del día, cuando sale lleva únicamente su portafolios, y hasta se da el lujo de manejar un auto con dos puertas. Total, va siempre solo, escuchando la música que a él le tinca y sin nadie que le pregunte cuánto falta para llegar, aún antes del salir del estacionamiento.

Y ni hablar de los viajes de trabajo. Yo no me creo eso de que terminan agotados. ¿Agotados de qué? Reuniones, call conferences, almuerzos. Lo que quieran, pero no me digan que todo eso es más cansador que quedarse en la casa cual madre soltera... mientras el señor hace la fila de embarque preferente. La Luli está acostumbrada, pobre. Le sobran millas pero le falta un marido siete días cada mes y medio, más menos. ¡No se vale!

Y más encima ahora en vacaciones lo encuentro atroz. ¿Qué es eso de hacer viajar a los maridos cuando no hay clases? Malísimo. Debería estar prohibido por Ley que las empresas emitan tickets aéreos de diciembre a marzo. A menos que nos incluyan.

Como sea. No se depilan, no se indisponen, no van a las convivencias escolares, no dedican media hora cada mañana a disimular ojeras y arrugas, no tienen celulitis. Y, encima, dicen que están agotados. Quién no escuchó alguna vez a su marido decir: “Si quieres te cambio, yo me quedo en la casa y tú tomas mi puesto”. Ingenuos. De verdad creen que su pega es más cansadora que la nuestra.

Y en verano, cuando la mayoría cobra bonos, aguinaldos o como se llame el beneficio, a nosotras se nos duplica la carga horaria, por el mismo precio.

Los hombres de hoy no son como los de antes. Lo bueno es que los de ahora cambian pañales. Lo malo, que llegan siempre tarde y viajan cada vez más seguido.

Por eso este post es tan corto. ¡Ni tiempo para escribir queda!

lunes, 14 de diciembre de 2009

Vacaciones

Lo que sigue es un poco escatológico, así que si alguien lo prefiere puede saltearse el párrafo.

Me dieron ganas de ir al baño. Caminé a mi cuarto, cerré la puerta y me senté en el water. Primero entró la Malena al grito de “papel, papel”. Agarró el rollo de confort y empezó a separarme las piernas. Me resistí, obvio, así que se tiró al piso y empezó a llorar. En ese momento entró la Sol: “¿Qué haces mamita?”, dijo. “Y a ti qué te parece que hago sentada en el baño”, le contesté. “Y yo qué sé, ¿Pichi o caca?”, retrucó.

Empezaron las vacaciones. Y yo no puedo ni mear tranquila .

Tener a los cabros chicos en la casa es, al menos para mí, algo realmente terrible. Y no porque no sepa cómo entretener a las niñas, sino porque simplemente no me interesa hacerlo. No tengo vocación docente, no tengo vocación de esas tías que animan cumpleaños... no es que no tenga vocación de madre pero, sabemos, tengo mis limitaciones. Sobre todo a nivel paciencia.

Tengo la cabeza al borde de la explosión. Las voces agudas y los llantos incesantes me perforaron el cerebro las últimas 14 horas. Y siguen, y siguen, y siguen...

Es en este minuto cuando me pregunto en qué estaba pensando cuando cedí ante la presión social. “Tus hijas te necesitan, no puedes estar trabajando todos los días hasta tan tarde”. Si no fuese porque me consta que soy abstemia, hubiese jurado que estaba borracha cuando fui a renunciarle al CEO de la editorial.

Jaja, todavía me acuerdo. Le golpeé la puerta, le dije que necesitaba hablarle, que sentía que había cumplido un ciclo y que ya no era feliz en ese lugar porque creía que en esas condiciones le estaba fallando a mi familia. Él me miró y, con su falso acento español (es de esos argentinos que vivieron un par de años en Madrid y ahora hablan de vosotros), me dijo que no podía ir en contra de mis convicciones, pero que lo pensara, que lo hablara con mi editora.

Recuerdo el final de la historia y lloro.... buahhhhhh

Esas sí que eran vacaciones. Me iba a las 11, volvía entre las 19 y las 21 hs según el día, comía conversando con personas adultas y hasta podía fumar en paz con mi amiga Josefina. La única vez que mi hija me vio con un cigarrillo en la mano (y ni siquiera era mío) alegó: “vos sos tonta o te querés morir y que yo me quede sin mamá para toda mi vida”. Nada puedo hacer sola en estas falsas vacaciones. Ir al súper les parece fascinante y acompañarme a la manicure es el mejor panorama.

Para peor, ya no usan el uniforme así que la pataleta mañanera será rutina los próximos noventa días. Que el vestido rayado le molesta, que usar shorts es incómodo, que la ropa de cambio, que las chalas se le salen, que el gorro lo arruina el peinado, que el traje de baño tiene que ser sí o sí bikini. Etcétera, etcétera, etcétera.

Las vacaciones son vacaciones para las maestras. Son vacaciones para los choferes de buses. Son vacaciones para los que trabajan sacando fotocopias, para los que venden mochilas, o los que montan el puestito de dulces en la puerta del colegio. Pero no para nosotras. Una madre en verano tiene más pega que cualquier ingeniero comercial en temporada de resultados y balances. ¡Al menos ellos pueden ir a mear tranquilos!

Y para colmo típico que los maridos llegan a la casa, nos ven con la cara larga y los pelos revueltos y le preguntan a los niños: “qué tal el primer día de vacaciones”. Y una se los quiere comer crudos a ambos.

Estoy agotada. ¡Yo necesito clases!

jueves, 10 de diciembre de 2009

Minas

Lloraba como si se hubiese muerto alguien. No paraba. Desconsolada estaba mi hija en ese minuto. Lo primero que hice fue cargarla y mirarla detenidamente, para ver si se tenía sangre, o algún hueso fuera de lugar. Pero no, estaba sanita.

“Qué te pasó” le pregunté. No había caso, lloraba tanto que las palabras no le salían. Mi intuición me dijo que no era nada grave, pero tampoco daba para tenerla ahí como una Magdalena en medio del cumpleaños del Javi. Así que la abracé fuerte, le conseguí un vaso de coca normal, unas frutillas gigantes con azúcar y logré que se tranquilizara: “Es que la Nicole me manchó con helado la polera nueva que me regaló el papiiiiiiiiiiiii”. “Y lo hizo con quererrrrrrrrrrrr”.

Son minas. Tienen dos, cinco, siete u once años pero ya se ve. Son tan minas como nosotras. Sólo les falta experiencia. No se indisponen, pero da lo mismo. Las hormonas han comenzado a andar.

Los hombres con una pelota están listos. Blue jeans o shorts les da igual. Ellas no. Nada que ver. Hasta ven diferencia entre faldas y vestidos.

Conozco una niñita de segundo básico que cada mañana, religiosamente, llora frente al espejo cuando se ve con el uniforme del colegio. Si fuese por ella, se anudaría el polerón con un colet en la espalda para que le quede bien ajustado y cambiaría los pantalones por pitillos. Mi Sol se levanta cuarenta minutos antes de entrar a clases. En cinco se viste, toma el desayuno y se lava los dientes. Y en los otros 35 se peina, o me vuelve loca para que yo lo haga. “Quiero cuatro trenzas que formen una corona y abajo moños”. Ni cagando. Un cintillo, un pinche, y al auto.

El domingo fui con unos amigos a la piscina. Los hombres corrían de un lado al otro inflando bombitas y tirándose de piquero. Las niñitas apenas si metían el dedo gordo en el agua. “Es que está fría”. 30 grados hizo el domingo... Minas.

¿Habremos sido igual de pesadas nosotras a su edad? Mi mamá dice que sí. Me acuerdo una vez (hará al menos 25 años pero tengo el recuerdo intacto), me porté tan mal que me obligó a salir de la casa con dos colets bajísimas, casi en la nuca. Y otra vez que viajamos al interior de la Argentina para la fiesta de 15 de una prima, me castigó poniéndome un conjunto de raso blanco de pantalón y chaqueta. Todas las niñitas de mi edad volaban dentro de sus vestidos de tul y puntillas. Y yo ahí, vestidita de hombre. Nunca se lo perdoné. ¡Y nunca lo haré!

Hace poco me pasó algo parecido. Sol tenía una fiesta y le separé unas patas negras con una musculosa animal print que encontré topísima. “Mamá, porfi, hoy puedo no vestirme ni de negro ni de blanco ni de gris”. Mi vida... yo pretendo una Charlie Angel y ella sólo quiere ser Sarah Kay...

Con los hombres estas cosas no pasan. Lo peor es que los marketineros lo saben. Por eso cuando entras a cualquier multitienda hay cinco percheros de niñita por cada uno de hombre, y cien modelos de bebés que lloran por cada cinco de Hot Wheels. Y lo mismo en la farmacia: hay parche curita de Hannah, Princesas, Barbie, Kitty, Frutillita. Para ellos Spiderman y, a lo sumo, Bob Esponja. ¿Es justo? No, no lo es.

Vengo de cenar con unas amigas. Estuvimos hablando sobre los regalos de Pascuas. Pistolas de agua, botes inflables, pelotas de fútbol. Para ellos nada supera los $6990 y quedan felices. Ahora, la casa de los Pet shops, el bebé que estornuda y los patines en línea no bajan de las 20 lucas. ¡Y eso pagando con la tarjeta Más o CMR que encima no me dan por extranjera! (Malditas multitiendas nacionalistas. Ni para la Presto califico...).

En síntesis: o me voy de excursión a Meigs o me gasto las 20 lucas.

Minas. Ellas y nosotras. ¿O de verdad pensamos que una pistola de agua no es la raja para cualquiera? El cuento del huevo y la gallina. ¿Quién nació primero, el capricho de las niñitas o el nuestro?

Y ahí están ellos, los padres. Los eternos enamorados de las demandantes señoritas de metro y tanto. Las ven maquillarse con nuestras pinturas y dejar la embarrada, hacer berrinche por una falda con menos volados de los necesarios, y nada. “Son minas”, se ríen y nos mirano como diciendo “y qué quieres si tú eres igual”.

Ser mamá de mujeres es harto más complicado. El único consuelo es que más tarde o más temprano, por más cagadas que nos hayamos mandado, por más colet en la nuca, trajecitos blancos o platos inmensos de porotos verdes, son ellas (o en su defecto las nueras) y no los hombres tan felices con sus poleras aburridas, quienes se ocuparán de nosotras. Es la ley de la vida; la ley del estrógeno.

Cabeza retorcida la mía. Cabeza de mina, bah.