martes, 28 de octubre de 2014

Hijos transgénicos

Tiene forma de tomate, es rojo como el tomate, redondo como el tomate y está detrás del cartel que dice tomates. Pero no sabe a tomate. Es una fruta insípida. Falsa. Una semilla alterada genéticamente para ser algo que no es.

Los hijos no son tomates, ni calabazas, ni sandías. No podemos manipularlos como si se tratara de frutas o verduras para que se vean más jugosos, más tentadores y apetecibles.
Son personas que corren, saltan, bailan, conversan, se escapan, se esconden, preguntan, desafían, sorprenden.

Es tan humillante ver cómo el sistema se caga en el sentido común. Tan triste asumir que la única forma de pertenecer es ceder a las presiones institucionales que patologizan absolutamente todo. Es como si los expertos se pusieran una venda para no leer las últimas investigaciones. El mundo entero avanza hacia un lado, y la educación chilena "de elite" va en sentido contrario.

Este debe ser el único país donde a los niños de 3 años se les exige dibujar una figura humana y a los 5 ya tienen que saber leer y escribir. El único que en primero básico califica con notas ¡y les da importancia! y, lo que es peor, el único que llama "detention" al castigo formal de los niños. Falta que le pongan rejas a la inspectoría y gritamos ¡bingo!

Alguien está equivocado. Llenar las aulas con niños que se comportan como una foto no es bueno para nadie. Ni para los que naturalmente se portan bien, ni para el resto. Porque la empatía, la tolerancia, los complejos de superioridad e inferioridad, el perdón, la paciencia y tantas otras cosas no se pueden aprender de un libro.

La culpa no es del docente. Ni siquiera de los colegios. La culpa es de todos nosotros que nos encerramos a llorar sin que nos vean, que tenemos un súper buen discurso frente a los amigos pero no somos capaces de sacarlo del contexto de un asado y llevarlo a las instituciones.

Tenemos tanto miedo de quedar fuera que nos hemos convertido en igual de falsos que el tomate perfecto. Vamos a las reuniones, decimos a todo que sí, firmamos colillas que nos parecen absurdas y trabajamos como esclavos para pagar los famosos apoyos externos. Nos convencimos de que lo perfecto es lo único posible, y nos olvidamos de lo divertido -sanador y necesario- que era transgredir alguna que otra norma. Preferimos que aprendan el cambio de las estaciones mirando fotos de gotas azules y no saltando charcos, porque ensuciarse el uniforme está muy mal visto y mojarse es muchísimo peor.


No podemos alterar la curiosidad ni la verborragia innata de los niños. Tampoco la paz familiar de toda una generación. Nuestras abuelas fueron pioneras en la universidad, nuestras madres en el mercado laboral y nosotras posiblemente seamos recordadas como la generación del outsourcing emocional. Estamos alterando el ADN de la maternidad.

Yo no quiero tomates perfectos ni sandías sin pepas. Estoy dispuesta a esperar que mis hijas maduren y a acompañarlas en ese proceso. Ninguna fruta pasa de verde a roja. Lo que nos falta, como generación y como sociedad, es transitar los amarillos con menos presiones y más sentido común.






3 comentarios:

  1. Me encanta tu blog, me siento muy representada...

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  2. Cada uno necesita su tiempo para mejorar y por supuesto equivocarse para aprender de sus errores

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