Antes me tenía que poner el despertador para entrar a trabajar a las 10 de la mañana. Ahora me levantan antes de las 7 para preparar leche, hacer tranzas y atar cordones. Y sigo entrando a trabajar a las 10.
Antes salía a carretear hasta cualquier hora. Ahora a las nueve de la noche estoy raja.
Antes podía tomar café después de la cena. Ahora con cueva si puedo terminar la cena sin que me interrumpan por distintas huevadas.
Antes miraba las noticias, las series internacionales y alguna teleserie. Ahora estoy condenada al Discovery Kids, Disney Channel y, con un poco de suerte, alguna teleserie juvenil tipo Los Hechiceros de Weverly Place.
Antes pensaba que mi mamá no sabía nada. Hoy soy yo la acusada de no entender.
Antes esperaba el fin de semana para descansar. Ahora espero que sea lunes.
Antes me gustaba leer en silencio. Ahora aprendí a leer con mucho ruido.
Antes mis pechugas eran mi arma de seducción. Hoy… no, hoy ya no.
La maternidad es bien curiosa. Me agota, me abruma, me supera... ¡pero me encanta! Realmente me carga no disponer de mi tiempo, y sentir que siempre estoy en falta. Pero supongo que es lo que me toca. Lo que nos toca. Nuestras abuelas tenían que quedarse en la casa. Nuestras madres tenían que ir a la universidad y, pobrecitas nosotras, tenemos que hacerlo todo.
Nos guste o no, somos un poco cocineras, un poco médicas, un poco sicólogas, un poco parvularias, un poco juezas y obviamente somos grandes malabaristas. Si no fuésemos mujeres, posiblemente todas seríamos esponjas.
Feliz día para todas las madres capaces de absorber múltiples responsabilidades. Feliz día para las esponjas.
viernes, 6 de mayo de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
Mi hija, la ecologista
Hijos chicos problemas chicos. Hijos grandes problemas grandes. Hijos hombres problemas que se solucionan con una pelota de fútbol. Hijas mujeres problemas que se solucionan en terapia. Puta que son complicadas las minas desde siempre. Todavía falta un lustro para que se enfermen y ya se les nota el mal humor, mínimo, una vez cada 28 días.
Se pelean con las amigas con una intensidad que asusta y se toman a título personal cuestiones que nada tienen que ver con la inocencia de la edad que tienen. Entre todas las cosas que preocupan a Sol, mi hija de casi 7 años, lo que más me rompe las pelotas es su “amor por el planeta”.
Convengamos que la ecología está de moda. Pero ahora resulta que todos tenemos que pensar en verde. Y a mí, que pocas cosas me importan menos que salvar el mundo y pocas cosas me gustan más que un buen abrigo de piel, me salió la hija más ecofriendly del mundo.
Por pedido de la Sol tuvimos que comprar hojas de papel reciclado para ocupar en la impresora de casa. Tengo la logia repleta de latitas, botellas y ampolletas que en algún minuto llevaré al punto limpio (pero mientras tanto sólo sirven para acumular mugre) y ni se nos puede ocurrir usar agua demás al lavarnos los dientes porque ella cerrará la llave antes de que podamos empezar con los buches.
O sea, me encantaría tener tres basureros de colores porque lo encuentro cool, no porque me vaya a tomar medio minuto en separar el cartón del vidrio o el plástico. ¿Se entiende?
Era mucho más fácil en nuestra época, cuando podíamos ser irresponsables ecológicos y los problemas con las amigas se solucionaban mágicamente después de 12 horas de sueño. Ahora todo lo tienen que hablar, analizar, juzgar…
El otro día Sol peleó con una compañera porque la vio pisando una hormiga. Se indignó, casi como si la pobre niñita hubiese cometido un asesinato. Lo encuentro una exageración. Está bien que las nuevas generaciones vengan con un chip distinto al nuestro, que sean más conscientes, que aprendan a usar el computador antes de aprender a sonarse la nariz, pero los extremos siempre son malos.
No quiero hacer de esto un manifiesto antiecológico, pero sí permítanme un llamado a la reflexión: si seguimos así después nos van a prohibir usar botas y carteras de cuero, nos van a alegar porque las fuimos a buscar en auto y no en bici a la casa de la amiga que vive en la punta del cerro y se van a alarmar cuando incendiemos el panal de abejas que está cerca de la parrilla para que ningún bicho nos estorbe el asado.
Como madre, he adquirido muchas más capacidades de las que imaginaba. El otro día estuve media hora respondiendo preguntas ridículas de distinta índole sin perder la compostura (“¿Por qué las cajas de cartón no envejecen?” “¿Si no me caso igual puedo ir a la universidad?” “¿Por qué los pobres no trabajan para dejar de ser pobres?”, por sólo citar tres ejemplos), y me siento mucho más capaz que antes. Pero no estoy preparada para convivir con una pequeña activista de Green Peace. ¿Está mal?
Se pelean con las amigas con una intensidad que asusta y se toman a título personal cuestiones que nada tienen que ver con la inocencia de la edad que tienen. Entre todas las cosas que preocupan a Sol, mi hija de casi 7 años, lo que más me rompe las pelotas es su “amor por el planeta”.
Convengamos que la ecología está de moda. Pero ahora resulta que todos tenemos que pensar en verde. Y a mí, que pocas cosas me importan menos que salvar el mundo y pocas cosas me gustan más que un buen abrigo de piel, me salió la hija más ecofriendly del mundo.
Por pedido de la Sol tuvimos que comprar hojas de papel reciclado para ocupar en la impresora de casa. Tengo la logia repleta de latitas, botellas y ampolletas que en algún minuto llevaré al punto limpio (pero mientras tanto sólo sirven para acumular mugre) y ni se nos puede ocurrir usar agua demás al lavarnos los dientes porque ella cerrará la llave antes de que podamos empezar con los buches.
O sea, me encantaría tener tres basureros de colores porque lo encuentro cool, no porque me vaya a tomar medio minuto en separar el cartón del vidrio o el plástico. ¿Se entiende?
Era mucho más fácil en nuestra época, cuando podíamos ser irresponsables ecológicos y los problemas con las amigas se solucionaban mágicamente después de 12 horas de sueño. Ahora todo lo tienen que hablar, analizar, juzgar…
El otro día Sol peleó con una compañera porque la vio pisando una hormiga. Se indignó, casi como si la pobre niñita hubiese cometido un asesinato. Lo encuentro una exageración. Está bien que las nuevas generaciones vengan con un chip distinto al nuestro, que sean más conscientes, que aprendan a usar el computador antes de aprender a sonarse la nariz, pero los extremos siempre son malos.
No quiero hacer de esto un manifiesto antiecológico, pero sí permítanme un llamado a la reflexión: si seguimos así después nos van a prohibir usar botas y carteras de cuero, nos van a alegar porque las fuimos a buscar en auto y no en bici a la casa de la amiga que vive en la punta del cerro y se van a alarmar cuando incendiemos el panal de abejas que está cerca de la parrilla para que ningún bicho nos estorbe el asado.
Como madre, he adquirido muchas más capacidades de las que imaginaba. El otro día estuve media hora respondiendo preguntas ridículas de distinta índole sin perder la compostura (“¿Por qué las cajas de cartón no envejecen?” “¿Si no me caso igual puedo ir a la universidad?” “¿Por qué los pobres no trabajan para dejar de ser pobres?”, por sólo citar tres ejemplos), y me siento mucho más capaz que antes. Pero no estoy preparada para convivir con una pequeña activista de Green Peace. ¿Está mal?
miércoles, 23 de marzo de 2011
No más guaguas (Aleluya!!!)
Lo peor que tiene la maternidad es que es algo irreversible. ¿Lo mejor? ¡¡Exactamente lo mismo!!
Estoy en un buen momento. Ya sin guaguas en la casa me siento absolutamente feliz de compartir mi vida con esas dos princesas que me necesitan cada vez menos.
Ahora que la Malena se convirtió en un ser civilizado, que habla y no muerde, va al baño cuando quiere pipí y es capaz de sentarse a jugar con la Pascale sin sacarle la cresta, estoy absolutamente babosa por ella. Me encanta esa cuota de picardía que aún acompaña cada uno de sus movimientos, los gestos de “yo no fui”, la alegría con la que habla de sus amigas y la inocencia con la que cada día me pregunta: “¿Cuándo llega el avión?” ¿Qué avión? “El que trae a la abuela Susy a Chile”.
La lata es que, pobrecita, algunas otras madres imbéciles se han encargado de etiquetarla de Malula y esas cosas son muy difíciles de revertir. Imaginen el grado de imbecilidad que hasta dejan de invitarla a panoramas, supongo, por temor a que los arruine. Heyyyy chiquillas… si supieran que las malas energías vuelven como búmeran recargado…
Como le decía ayer a una nueva amiga que tengo: se creen que afectan a las niñitas, pero en realidad ellas ni pescan. Entonces las huevonas quedan pésimo con nosotras, las puras mamás. ¿Es necesario? Yo creo que no. Pero yo no soy imbécil. Mi nueva amiga tampoco. Ellas…
En fin, volvamos al callo: he descubierto que en verdad la maternidad me sienta muy bien. Lo que no me gustan son las guaguas. Si pudiera parir puros cabros de tres años tendría dos o tres más. Pero como eso no es posible, hasta aquí me quedo.
Ahora sí ha llegado el momento de gozar. Podemos dormir 9 horas seguidas cada noche, conversar (un ratito) mientras las niñitas juegan a las barbies y hasta esperar en la cama que nos traigan el desayuno y después nos hagan masajes.
Señoras y señores, ¡esto sí es vida! Es cierto que hay otras preocupaciones y que las que vendrán serán todavía más peludas. Pero no tener que preocuparme de que se traguen el pinche, se caguen en el mall o peleen con otras niñitas por no compartir un dulce es lo más parecido a la felicidad absoluta que he experimentado últimamente.
Así, ¡me fascina ser mamá!
Estoy en un buen momento. Ya sin guaguas en la casa me siento absolutamente feliz de compartir mi vida con esas dos princesas que me necesitan cada vez menos.
Ahora que la Malena se convirtió en un ser civilizado, que habla y no muerde, va al baño cuando quiere pipí y es capaz de sentarse a jugar con la Pascale sin sacarle la cresta, estoy absolutamente babosa por ella. Me encanta esa cuota de picardía que aún acompaña cada uno de sus movimientos, los gestos de “yo no fui”, la alegría con la que habla de sus amigas y la inocencia con la que cada día me pregunta: “¿Cuándo llega el avión?” ¿Qué avión? “El que trae a la abuela Susy a Chile”.
La lata es que, pobrecita, algunas otras madres imbéciles se han encargado de etiquetarla de Malula y esas cosas son muy difíciles de revertir. Imaginen el grado de imbecilidad que hasta dejan de invitarla a panoramas, supongo, por temor a que los arruine. Heyyyy chiquillas… si supieran que las malas energías vuelven como búmeran recargado…
Como le decía ayer a una nueva amiga que tengo: se creen que afectan a las niñitas, pero en realidad ellas ni pescan. Entonces las huevonas quedan pésimo con nosotras, las puras mamás. ¿Es necesario? Yo creo que no. Pero yo no soy imbécil. Mi nueva amiga tampoco. Ellas…
En fin, volvamos al callo: he descubierto que en verdad la maternidad me sienta muy bien. Lo que no me gustan son las guaguas. Si pudiera parir puros cabros de tres años tendría dos o tres más. Pero como eso no es posible, hasta aquí me quedo.
Ahora sí ha llegado el momento de gozar. Podemos dormir 9 horas seguidas cada noche, conversar (un ratito) mientras las niñitas juegan a las barbies y hasta esperar en la cama que nos traigan el desayuno y después nos hagan masajes.
Señoras y señores, ¡esto sí es vida! Es cierto que hay otras preocupaciones y que las que vendrán serán todavía más peludas. Pero no tener que preocuparme de que se traguen el pinche, se caguen en el mall o peleen con otras niñitas por no compartir un dulce es lo más parecido a la felicidad absoluta que he experimentado últimamente.
Así, ¡me fascina ser mamá!
miércoles, 16 de marzo de 2011
¿Perros o hijos?
Un perro es un perro. Un hijo es un hijo. O sea, las perras tienen cachorros, nosotras tenemos guaguas. ¿Se entiende? Qué bueno, porque me cargan las mujeres que hablan de los canes como si se tratara de sus hijos.
Mi amiga Vani es el mejor exponente: tiene un hijo, un perro y una gata. Y no sé si quiere a los tres por igual... tal vez a la gata un poco menos. Ya perdí la cuenta de cuántas veces discutimos por lo mismo. Ella dice que yo soy una insensible. Yo digo que ella es una exagerada.
El tema es que muy a pesar mìo, cada vez son más las mujeres que deciden ser mamás de perros. Obvio, es mucho más fácil... ¡básicamente porque cuando crecen no hablan!
Veamos algunos pros y contras de tener hijos vs tener perros
Hijos:
Se cagan y se mean, mínimo, dos años
Si tienen reflujo puede que pasen 12 meses antes de que una pueda volver a dormir 8 horas seguidas
Quieren saber el por qué de todas las cosas
Cortarles las uñas es una misión (casi) imposible
A los siete empiezan a pedir un celular
A los diez no pueden vivir sin un celular
A los quince más vale que hayamos tenido una charla (seria y avanzada) sobre educación sexual
A los dieciocho salen con el auto de noche y otra vez nos quedamos sin dormir
No se pueden devolver, por más fallas que tengan
Perros:
En cuestión de semanas aprenden a mear en el papel de diario y a cagar en la plaza
Si no pueden dormir los dejas afuera, cierras la puerta y sigues roncando tranquila
No hablan
No hace falta cortarles las uñas
Con un huesito están felices, no precisan celular
No hace falta hablar de sexo. Elegimos un machito y que de las hembras se preocupen sus dueños
Si nos arrpentimos siempre habrá un buen amigo con bonito campo dispuesto a recibirlos
Conclusión: es más fácil con un perro. Pero así y todo me quedo con mis hijas. Es que, entre otras cosas, me llevo mejor con los piojos que con las pulgas!
Mi amiga Vani es el mejor exponente: tiene un hijo, un perro y una gata. Y no sé si quiere a los tres por igual... tal vez a la gata un poco menos. Ya perdí la cuenta de cuántas veces discutimos por lo mismo. Ella dice que yo soy una insensible. Yo digo que ella es una exagerada.
El tema es que muy a pesar mìo, cada vez son más las mujeres que deciden ser mamás de perros. Obvio, es mucho más fácil... ¡básicamente porque cuando crecen no hablan!
Veamos algunos pros y contras de tener hijos vs tener perros
Hijos:
Se cagan y se mean, mínimo, dos años
Si tienen reflujo puede que pasen 12 meses antes de que una pueda volver a dormir 8 horas seguidas
Quieren saber el por qué de todas las cosas
Cortarles las uñas es una misión (casi) imposible
A los siete empiezan a pedir un celular
A los diez no pueden vivir sin un celular
A los quince más vale que hayamos tenido una charla (seria y avanzada) sobre educación sexual
A los dieciocho salen con el auto de noche y otra vez nos quedamos sin dormir
No se pueden devolver, por más fallas que tengan
Perros:
En cuestión de semanas aprenden a mear en el papel de diario y a cagar en la plaza
Si no pueden dormir los dejas afuera, cierras la puerta y sigues roncando tranquila
No hablan
No hace falta cortarles las uñas
Con un huesito están felices, no precisan celular
No hace falta hablar de sexo. Elegimos un machito y que de las hembras se preocupen sus dueños
Si nos arrpentimos siempre habrá un buen amigo con bonito campo dispuesto a recibirlos
Conclusión: es más fácil con un perro. Pero así y todo me quedo con mis hijas. Es que, entre otras cosas, me llevo mejor con los piojos que con las pulgas!
jueves, 3 de marzo de 2011
Nanadependencia
La nanadependencia es el peor castigo de las madres modernas. De las que quienes, como yo, pretendemos trabajar al menos un rato fuera de la casa.
No he tenido mucha suerte últimamente. Desde la maravillosa Arminda que me acompañó los primeros 4 años de Sol y la amorosa Lili, que estuvo con nosotros un año y medio en Chile (hasta que se volvio a Perú), nada ha vuelto a funcionar. Pasó casi un año y sigo sin encontrar una persona que me ayude. Una compañera de equipo. Alguien que me permita ir a trabjar tranquila, reciba a las niñitas del colegio y juegue con ellas hasta las 5, cuando yo vuelvo a la casa.
Kena estuvo casi siete meses. Altiro nos dimos cuenta que tenía alma de sargento. No sé por qué no la invité a retirarse en ese minuto... siempre supe que, tarde o temprano, nos iba a cagar. ¡Y nos cagó nomás!
Hace tres meses me dijo que Sol no le hacía caso y que quería renunciar. Le dije que tuviera paciencia, que a las niñitas de siete años hay que ganárselas con tiempo. Contestó que lo hacía por Malena, porque la Male sí era exquisita...
Hace dos semanas me dijo que Sol era un amor, pero que Malena le tiraba al piso la comida y ella no podía trabajar en una casa sin modales. Le dije O.K, deme 15 días y se va. Veinticuatro horas más tarde se arrepintió.
Resulta que, según sus palabras: “un mensaje divino la hizo reflexionar, que ella no podía abandonar a las niñas”. Bueno, tercera oportunidad.
Ayer otra vez lo mismo: que Male botó los cereales y que se quiere ir...
Le dí 12 horas para que se fuera. Le pagué hasta el último centavo que le correspondía más un pasaje a Concepción y cerré la puerta de casa con furia y enojo. Insisto: la nanadependencia es un castigo. Debería ser una ayuda, pero es una maldición. ¿Cuál es la solución? No sé. Estoy INDIGNADA. ¿Qué una nena de tres años tire cereales al piso es grave? Yo creo que no.
Hay muchas dueñas de casa muy mal acostumbradas. Buscan alguien que haga la pega por ellas. Tienen a las nanas trabajando hasta la hora del pico y fuman en una esquina mientras la pobre empleada corre detrás de los cabros chicos. Juro que esa no es mi realidad. Y odio que ellas hayan tenido más suerte que yo en la búsqueda!! Qué injusta que es la vida!!
Mientras tanto, mi propia pega corre peligro. Si no encuentro alguien pronto dudo poder cumplir con mis obligaciones. Por que por más mala madre que yo sea, hago mi mejor esfuerzo... y eso incluye poner a mis dos amores por encima de todo. Aunque me queje. Aunque me de lata. Aunque prefiera mil veces estar en la redacción que jugando a la pinta.
Dicen que no hay mal que por bien no venga. Kena era un sargento y yo sigo buscando a Mary Poppins. Si alguien sabe de ella (o similar) le dice que me contacte. ¿Ya?
No he tenido mucha suerte últimamente. Desde la maravillosa Arminda que me acompañó los primeros 4 años de Sol y la amorosa Lili, que estuvo con nosotros un año y medio en Chile (hasta que se volvio a Perú), nada ha vuelto a funcionar. Pasó casi un año y sigo sin encontrar una persona que me ayude. Una compañera de equipo. Alguien que me permita ir a trabjar tranquila, reciba a las niñitas del colegio y juegue con ellas hasta las 5, cuando yo vuelvo a la casa.
Kena estuvo casi siete meses. Altiro nos dimos cuenta que tenía alma de sargento. No sé por qué no la invité a retirarse en ese minuto... siempre supe que, tarde o temprano, nos iba a cagar. ¡Y nos cagó nomás!
Hace tres meses me dijo que Sol no le hacía caso y que quería renunciar. Le dije que tuviera paciencia, que a las niñitas de siete años hay que ganárselas con tiempo. Contestó que lo hacía por Malena, porque la Male sí era exquisita...
Hace dos semanas me dijo que Sol era un amor, pero que Malena le tiraba al piso la comida y ella no podía trabajar en una casa sin modales. Le dije O.K, deme 15 días y se va. Veinticuatro horas más tarde se arrepintió.
Resulta que, según sus palabras: “un mensaje divino la hizo reflexionar, que ella no podía abandonar a las niñas”. Bueno, tercera oportunidad.
Ayer otra vez lo mismo: que Male botó los cereales y que se quiere ir...
Le dí 12 horas para que se fuera. Le pagué hasta el último centavo que le correspondía más un pasaje a Concepción y cerré la puerta de casa con furia y enojo. Insisto: la nanadependencia es un castigo. Debería ser una ayuda, pero es una maldición. ¿Cuál es la solución? No sé. Estoy INDIGNADA. ¿Qué una nena de tres años tire cereales al piso es grave? Yo creo que no.
Hay muchas dueñas de casa muy mal acostumbradas. Buscan alguien que haga la pega por ellas. Tienen a las nanas trabajando hasta la hora del pico y fuman en una esquina mientras la pobre empleada corre detrás de los cabros chicos. Juro que esa no es mi realidad. Y odio que ellas hayan tenido más suerte que yo en la búsqueda!! Qué injusta que es la vida!!
Mientras tanto, mi propia pega corre peligro. Si no encuentro alguien pronto dudo poder cumplir con mis obligaciones. Por que por más mala madre que yo sea, hago mi mejor esfuerzo... y eso incluye poner a mis dos amores por encima de todo. Aunque me queje. Aunque me de lata. Aunque prefiera mil veces estar en la redacción que jugando a la pinta.
Dicen que no hay mal que por bien no venga. Kena era un sargento y yo sigo buscando a Mary Poppins. Si alguien sabe de ella (o similar) le dice que me contacte. ¿Ya?
lunes, 21 de febrero de 2011
Objetivos 2011
Para la mayoría de las mamás, el año comienza en marzo. La dulce rutina se apodera de los niños y, por fin, podemos volver a tener 10 minutos para ir al baño sin que nadie nos abra la puerta.
Así las cosas, ahora que marzo nos está pisando los talones es un buen momento para plantear los objetivos del 2011. Aquí, los míos:
1. Pasar menos tiempo en el trabajo y más con las niñas (un poquito, ¡tampoco exageremos!)
2. Reducir al mínimo la ingesta de comida chatarra
3. Viajar más seguido a Buenos Aires a ver a la familia
4. Renovar mi licencia de conducir, por primera vez, antes de que se me haya vencido
5. No discutir con mi mamá (jeje, me estoy riendo sola)
6. Trabajar el concepto de paciencia (las utopías son válidas, por qué no)
7. Operarme las pechugas (basta de dar pena con mis pasas de uva!! Además, no me vengan con la onda natural. Qué tiene de natural el relleno de los push ups sin los cuales no me animo a salir ni a la esquina?)
8. Acordarme de que no quiero tener más hijos. Es que Malenita está creciendo demasiado rápido y tengo la teoría que ahí es cuando las mujeres bajamos la guardia y reincidimos, a pesar de que ya sabemos lo que nos espera.
9. Viajar sola con mi marido a celebrar los diez años de matrimonio
10. cumplir al menos tres de los nueve objetivos mencionados…
¿y ustedes qué tienen pensado?
Así las cosas, ahora que marzo nos está pisando los talones es un buen momento para plantear los objetivos del 2011. Aquí, los míos:
1. Pasar menos tiempo en el trabajo y más con las niñas (un poquito, ¡tampoco exageremos!)
2. Reducir al mínimo la ingesta de comida chatarra
3. Viajar más seguido a Buenos Aires a ver a la familia
4. Renovar mi licencia de conducir, por primera vez, antes de que se me haya vencido
5. No discutir con mi mamá (jeje, me estoy riendo sola)
6. Trabajar el concepto de paciencia (las utopías son válidas, por qué no)
7. Operarme las pechugas (basta de dar pena con mis pasas de uva!! Además, no me vengan con la onda natural. Qué tiene de natural el relleno de los push ups sin los cuales no me animo a salir ni a la esquina?)
8. Acordarme de que no quiero tener más hijos. Es que Malenita está creciendo demasiado rápido y tengo la teoría que ahí es cuando las mujeres bajamos la guardia y reincidimos, a pesar de que ya sabemos lo que nos espera.
9. Viajar sola con mi marido a celebrar los diez años de matrimonio
10. cumplir al menos tres de los nueve objetivos mencionados…
¿y ustedes qué tienen pensado?
sábado, 29 de enero de 2011
Una mamá económicamente activa
Pasó demasiado rápido. Todavía me cuesta creer que ya hace seis meses que volví a trabajar. En su momento escribí que me invadían una serie de sentimientos contradictorios. Hoy me siento en condiciones de hacer un primer balance: así como Dora necesita de Botas, el mapa y la mochila para ser una buena exploradora, yo necesito una pega, un sueldo fijo y un horario flexible para ser una buena mamá.
Es así de fácil, y ya lo comprobé: la maternidad full time me agota, me provoca asfixia. Por suerte a la mayoría de mis amigas les pasa igual. Por eso, supongo, son mis amigas. Antes pasaba mucho rato con unas primerizas que más que una maternidad ejercían un sacerdocio. Ahora, no. Me agotaron. Me hinché las pelotas de escucharlas hablar de sus hijas y de sus nanas. Hasta que no se compren una vida más interesante, he prometido no volver a compartir un café con ellas.
Una de las mejores cosas que tiene el trabajo es la posibilidad de tener un mundo propio absolutamente ajeno a la familia. Y, más especialmente, al marido. ¿Por qué? Porque sí. Porque lo encuentro divertido y ya. Porque nos da la posibilidad de entablar relaciones con personas diferentes que de no ser por la profesión, seguramente no conoceríamos.
Otro de los grandes beneficios del asunto es el económico. La que diga que no le da ni un poquito de picazón en el ego pedir plata y no producir nada (o.k, producir satisfacciones es importante, pero en el Jumbo no puedes pagar la cuenta con satisfacciones) me da lástima. Obvio que hay miles de excepciones. Pero en términos generales, esas mujeres no me simpatizan para nada.
Después de mucho tiempo me tocó viajar por pega. Lo primero que hice fue agradecer a Dios por la posibilidad de dormir tranquila durante 5 días. Lo segundo, fue meterme en Internet a comprar botas y demás huevaditas que me llegaron al hotel. Y no me dio ni un poquito de culpa. Ni le avisé a nadie. Simplemente lo decidí y lo hice. Lo admito: no puedo creer que una mujer adulta, con todas sus facultades, capacidades y permisos legales para trabajar, que simplemente decide andar por la vida de café en café hasta que los cabros salen del colegio, pueda manejarse económicamente de la misma manera.
Chiquillas, no nos engañemos. Trabajar es mucho más que ganar plata. Trabajar es ganar independencia y sobre todo es ganar tiempo libre (aunque suene contradictorio). Se mueren lo bien que la pasé en mi viaje de trabajo. Me agoté, es cierto. Pero podría agotarme voluntariamente de la misma manera varias veces más a lo largo del año.
En síntesis, estoy feliz de haber vuelto al laburo. Se los recomiendo! Veo menos a mis hijas, pero las disfruto más. Calidad, no cantidad. Es un buen deal!
Es así de fácil, y ya lo comprobé: la maternidad full time me agota, me provoca asfixia. Por suerte a la mayoría de mis amigas les pasa igual. Por eso, supongo, son mis amigas. Antes pasaba mucho rato con unas primerizas que más que una maternidad ejercían un sacerdocio. Ahora, no. Me agotaron. Me hinché las pelotas de escucharlas hablar de sus hijas y de sus nanas. Hasta que no se compren una vida más interesante, he prometido no volver a compartir un café con ellas.
Una de las mejores cosas que tiene el trabajo es la posibilidad de tener un mundo propio absolutamente ajeno a la familia. Y, más especialmente, al marido. ¿Por qué? Porque sí. Porque lo encuentro divertido y ya. Porque nos da la posibilidad de entablar relaciones con personas diferentes que de no ser por la profesión, seguramente no conoceríamos.
Otro de los grandes beneficios del asunto es el económico. La que diga que no le da ni un poquito de picazón en el ego pedir plata y no producir nada (o.k, producir satisfacciones es importante, pero en el Jumbo no puedes pagar la cuenta con satisfacciones) me da lástima. Obvio que hay miles de excepciones. Pero en términos generales, esas mujeres no me simpatizan para nada.
Después de mucho tiempo me tocó viajar por pega. Lo primero que hice fue agradecer a Dios por la posibilidad de dormir tranquila durante 5 días. Lo segundo, fue meterme en Internet a comprar botas y demás huevaditas que me llegaron al hotel. Y no me dio ni un poquito de culpa. Ni le avisé a nadie. Simplemente lo decidí y lo hice. Lo admito: no puedo creer que una mujer adulta, con todas sus facultades, capacidades y permisos legales para trabajar, que simplemente decide andar por la vida de café en café hasta que los cabros salen del colegio, pueda manejarse económicamente de la misma manera.
Chiquillas, no nos engañemos. Trabajar es mucho más que ganar plata. Trabajar es ganar independencia y sobre todo es ganar tiempo libre (aunque suene contradictorio). Se mueren lo bien que la pasé en mi viaje de trabajo. Me agoté, es cierto. Pero podría agotarme voluntariamente de la misma manera varias veces más a lo largo del año.
En síntesis, estoy feliz de haber vuelto al laburo. Se los recomiendo! Veo menos a mis hijas, pero las disfruto más. Calidad, no cantidad. Es un buen deal!
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