Algunas cosas que aprendí en los últimos meses:
No puedo seguir comiendo papas fritas todos los días. Ni la mejor crema anticelulitis del mundo hace efecto cuando acaricias los 35 años y te alimentas con pura chatarra.
Aunque creo que los problemas de chicos son de los chicos yo soy de las mamás que se meten. Me importa una raja el qué dirán. Creo fervientemente que cuando los cabros se pasan de la raya y un niño sufre es necesario conversar. Da lo mismo si nuestro hijo es el que llora o el que hace llorar. Hablar en serio sobre el ‘no le hagas al otro lo que no te gusta que te hagan a ti’ siempre es productivo. Vale con hijos de 5 a 25 años (después dudo q alguien acepte un sermón de la mamá).
Las suegras me dan pena. No importa cuánto nos ayuden, siempre vamos a encontrar un motivo (o varios) para criticarlas y comparar cuánto mejor es todo lo que hace nuestra querida madre. Aunque –muy en el fondo- sepamos que no es para tanto.
Como me dijo hoy una amiga, el título de este blog es absolutamente engañoso. La experiencia me ha dado paciencia y también perspectiva: cada una hace lo mejor que puede de acuerdo a las circunstancias que tiene. Juzgarnos entre nosotras es una estupidez.
Lamento haberme quejado tanto cuando mi hija mayor me pedía que le contara un cuento. Ahora yo quiero leerle y ella solo quiere que salga de su pieza! Los hijos crecen muchísimo más rápido de lo que nos gustaría y pasamos de ser la ídola a ser la pesada casi sin darnos cuenta.
La maternidad es un camino de ida. Como me dijo hace poco una colega: una vez que sale de la guata ya no hay nada que hacer, porque no se puede volver a meter. Así que si estás pensando en quedar embarazada piénsalo dos veces. Si estás por parir toma conciencia de que no será fácil y si ya pariste sabes perfectamente de lo que hablo. Por cada satisfacción hay al menos siete dolores de cabeza. ¿El consuelo? Las jaquecas nunca son eternas!!
Saludos,
@vanirosenthal
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domingo, 19 de febrero de 2012
domingo, 7 de agosto de 2011
Aniversario sin equipaje
No me pidieron casamiento de una manera muy romántica. Estábamos en el estacionamiento subterráneo de una clínica. Habíamos ido a visitar una amiga periodista que había tenido mellizos. Y ahí, con olor a monóxido de carbono y ruido de motores como telón de fondo, me preguntó si me casaría con él.
Han pasado diez años desde que por disposición de las autoridades argentinas tengo su apellido en mi carnet de identidad, cosa que odio profundamente. Debería estar más equilibrado el asunto: ahora que los gays se pueden casar estaría bueno que nosotras podamos seguir usando nuestro apellido como apellido... ¿o es mucho pedir?
Nadie nos dijo que el camino sería fácil, y de hecho no lo ha sido. Pero aquí estamos, juntos, criando a dos hijas que nos vuelven absolutamente locos (en el sentido metafórico y también en el literal), re-eligiéndonos cada mañana a pesar de las muchas cosas que nos molestan del otro. He aprendido a convivir con sus ronquidos y él ha aprendido a esquivar los zapatos que sin querer me olvido por toda la casa. Juro que intento dejarlos en el clóset, pero por algún motivo no lo logro. Jajaja
Podríamos haber organizado una gran celebración familiar, y hasta podríamos haber editado un CD con fotos y música bonita que recorra los 16 años que levamos juntos (sí, 6 de pololeo, y por favor no me juzguen!). Pero finalmente tomamos la mejor de las decisiones: desaperecer!!!!! Sí, por primera vez desde que nacieron las niñitas, es decir exactamente 7 años, nos vamos de viaje en serio: diez días, nueve noches, completamente solos. Y no siento ni un poquitito de culpa. Nada. De hecho no puedo creer que haya pasado tanto tiempo sin que nos animáramos a viajar ‘sin equipaje’.
Dormir hasta cualquier hora, entrar a las tiendas sin que nadie me pida que le compre absolutamente todo lo que está a la venta, leer un libro sin ilustraciones... es que en verdad no puedo creer que sea cierto. Nos vamos en un par de días y estoy contando los minutos. Las niñitas se quedaran en casa con la mejor compañía posible: la tía y la abuela.
Estoy más excitada que cuando me fui de viaje de estudios, más ansiosa que la noche anterior a titularme y más hiperventilada que Dori, la pecesita de Nemo.
¿Qué dijeron las niñas? Male no cachó nada y Sol sólo preguntó si le íbamos a traer un Ipod. Si ese es el precio de mi libertad, estoy dispuesta a volverme distribuidora oficial de Apple en chile.
Han pasado diez años desde que por disposición de las autoridades argentinas tengo su apellido en mi carnet de identidad, cosa que odio profundamente. Debería estar más equilibrado el asunto: ahora que los gays se pueden casar estaría bueno que nosotras podamos seguir usando nuestro apellido como apellido... ¿o es mucho pedir?
Nadie nos dijo que el camino sería fácil, y de hecho no lo ha sido. Pero aquí estamos, juntos, criando a dos hijas que nos vuelven absolutamente locos (en el sentido metafórico y también en el literal), re-eligiéndonos cada mañana a pesar de las muchas cosas que nos molestan del otro. He aprendido a convivir con sus ronquidos y él ha aprendido a esquivar los zapatos que sin querer me olvido por toda la casa. Juro que intento dejarlos en el clóset, pero por algún motivo no lo logro. Jajaja
Podríamos haber organizado una gran celebración familiar, y hasta podríamos haber editado un CD con fotos y música bonita que recorra los 16 años que levamos juntos (sí, 6 de pololeo, y por favor no me juzguen!). Pero finalmente tomamos la mejor de las decisiones: desaperecer!!!!! Sí, por primera vez desde que nacieron las niñitas, es decir exactamente 7 años, nos vamos de viaje en serio: diez días, nueve noches, completamente solos. Y no siento ni un poquitito de culpa. Nada. De hecho no puedo creer que haya pasado tanto tiempo sin que nos animáramos a viajar ‘sin equipaje’.
Dormir hasta cualquier hora, entrar a las tiendas sin que nadie me pida que le compre absolutamente todo lo que está a la venta, leer un libro sin ilustraciones... es que en verdad no puedo creer que sea cierto. Nos vamos en un par de días y estoy contando los minutos. Las niñitas se quedaran en casa con la mejor compañía posible: la tía y la abuela.
Estoy más excitada que cuando me fui de viaje de estudios, más ansiosa que la noche anterior a titularme y más hiperventilada que Dori, la pecesita de Nemo.
¿Qué dijeron las niñas? Male no cachó nada y Sol sólo preguntó si le íbamos a traer un Ipod. Si ese es el precio de mi libertad, estoy dispuesta a volverme distribuidora oficial de Apple en chile.
sábado, 29 de enero de 2011
Una mamá económicamente activa
Pasó demasiado rápido. Todavía me cuesta creer que ya hace seis meses que volví a trabajar. En su momento escribí que me invadían una serie de sentimientos contradictorios. Hoy me siento en condiciones de hacer un primer balance: así como Dora necesita de Botas, el mapa y la mochila para ser una buena exploradora, yo necesito una pega, un sueldo fijo y un horario flexible para ser una buena mamá.
Es así de fácil, y ya lo comprobé: la maternidad full time me agota, me provoca asfixia. Por suerte a la mayoría de mis amigas les pasa igual. Por eso, supongo, son mis amigas. Antes pasaba mucho rato con unas primerizas que más que una maternidad ejercían un sacerdocio. Ahora, no. Me agotaron. Me hinché las pelotas de escucharlas hablar de sus hijas y de sus nanas. Hasta que no se compren una vida más interesante, he prometido no volver a compartir un café con ellas.
Una de las mejores cosas que tiene el trabajo es la posibilidad de tener un mundo propio absolutamente ajeno a la familia. Y, más especialmente, al marido. ¿Por qué? Porque sí. Porque lo encuentro divertido y ya. Porque nos da la posibilidad de entablar relaciones con personas diferentes que de no ser por la profesión, seguramente no conoceríamos.
Otro de los grandes beneficios del asunto es el económico. La que diga que no le da ni un poquito de picazón en el ego pedir plata y no producir nada (o.k, producir satisfacciones es importante, pero en el Jumbo no puedes pagar la cuenta con satisfacciones) me da lástima. Obvio que hay miles de excepciones. Pero en términos generales, esas mujeres no me simpatizan para nada.
Después de mucho tiempo me tocó viajar por pega. Lo primero que hice fue agradecer a Dios por la posibilidad de dormir tranquila durante 5 días. Lo segundo, fue meterme en Internet a comprar botas y demás huevaditas que me llegaron al hotel. Y no me dio ni un poquito de culpa. Ni le avisé a nadie. Simplemente lo decidí y lo hice. Lo admito: no puedo creer que una mujer adulta, con todas sus facultades, capacidades y permisos legales para trabajar, que simplemente decide andar por la vida de café en café hasta que los cabros salen del colegio, pueda manejarse económicamente de la misma manera.
Chiquillas, no nos engañemos. Trabajar es mucho más que ganar plata. Trabajar es ganar independencia y sobre todo es ganar tiempo libre (aunque suene contradictorio). Se mueren lo bien que la pasé en mi viaje de trabajo. Me agoté, es cierto. Pero podría agotarme voluntariamente de la misma manera varias veces más a lo largo del año.
En síntesis, estoy feliz de haber vuelto al laburo. Se los recomiendo! Veo menos a mis hijas, pero las disfruto más. Calidad, no cantidad. Es un buen deal!
Es así de fácil, y ya lo comprobé: la maternidad full time me agota, me provoca asfixia. Por suerte a la mayoría de mis amigas les pasa igual. Por eso, supongo, son mis amigas. Antes pasaba mucho rato con unas primerizas que más que una maternidad ejercían un sacerdocio. Ahora, no. Me agotaron. Me hinché las pelotas de escucharlas hablar de sus hijas y de sus nanas. Hasta que no se compren una vida más interesante, he prometido no volver a compartir un café con ellas.
Una de las mejores cosas que tiene el trabajo es la posibilidad de tener un mundo propio absolutamente ajeno a la familia. Y, más especialmente, al marido. ¿Por qué? Porque sí. Porque lo encuentro divertido y ya. Porque nos da la posibilidad de entablar relaciones con personas diferentes que de no ser por la profesión, seguramente no conoceríamos.
Otro de los grandes beneficios del asunto es el económico. La que diga que no le da ni un poquito de picazón en el ego pedir plata y no producir nada (o.k, producir satisfacciones es importante, pero en el Jumbo no puedes pagar la cuenta con satisfacciones) me da lástima. Obvio que hay miles de excepciones. Pero en términos generales, esas mujeres no me simpatizan para nada.
Después de mucho tiempo me tocó viajar por pega. Lo primero que hice fue agradecer a Dios por la posibilidad de dormir tranquila durante 5 días. Lo segundo, fue meterme en Internet a comprar botas y demás huevaditas que me llegaron al hotel. Y no me dio ni un poquito de culpa. Ni le avisé a nadie. Simplemente lo decidí y lo hice. Lo admito: no puedo creer que una mujer adulta, con todas sus facultades, capacidades y permisos legales para trabajar, que simplemente decide andar por la vida de café en café hasta que los cabros salen del colegio, pueda manejarse económicamente de la misma manera.
Chiquillas, no nos engañemos. Trabajar es mucho más que ganar plata. Trabajar es ganar independencia y sobre todo es ganar tiempo libre (aunque suene contradictorio). Se mueren lo bien que la pasé en mi viaje de trabajo. Me agoté, es cierto. Pero podría agotarme voluntariamente de la misma manera varias veces más a lo largo del año.
En síntesis, estoy feliz de haber vuelto al laburo. Se los recomiendo! Veo menos a mis hijas, pero las disfruto más. Calidad, no cantidad. Es un buen deal!
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Éramos pocos y llegaron los piojos
Que no tenga tos. Que no tenga fiebre. Que no tenga mocos. Que no tenga piojos. Que no se haga en los calzones. Que nunca les quite nada a los otros niños. ¿No será mucho? Son demasiados requisitos para un jardín infantil. Tantos, que si en verdad quisiera cumplirlos todos no la mandarìa nunca!! De hecho son más de los que me piden para renovar la visa de residencia. ¿Será que para primero básico hay que presentar certificado de antecedentes penales?
La cuestión fue que en pleno horario laboral me sonó el celular, y ví que era el número de la maestra de Malena. Me asusté, obvio, como se hubiese asustado cualquier madre. No se escuchaba bien, pero alcancé a entender que habían tenido que llevar a mi niñita a la enfermería. “¿Por qué?, ¿qué le pasó?”, pregunté. “Es que tiene liendres, y está prohibido tener liendres en el colegio. La llevamos a enfermería para verificarlo y sí, tiene”. Ya pohhhhhhhhhhhhhh... ni que fuese sarna en la época del ’20.
Mis hijas se bañan todos los días, religiosamente. Si tienen liendres es primero porque son niñitas de pelo largo, y segundo porque alguien las ha contagiado, así como seguramente ellas han contagiado a otros. Lo encuentro absolutamente normal. Como los mocos, como las peleas entre amiguitos, como la tos cuando cambia la temporada, y como todo lo otro que aquí pareciera ser realmente grave.
Sin ánimo de ofender a nadie, me imagino la misma situación en cualquier otro país. Sobre todo de esos países donde directamente no existen las dueñas de casa porque vivir con un único sueldo es algo impensable. ¿Creen que la maestra llamaría a una madre en horario laboral para avisar que la niñita de tres años tiene liendres y no puede volver a clases? Tal vez me equivoque, pero yo creo que a lo más mandarían una comunicación para que en la casa se haga el tratamiento y regrese con dos trenzas y no más pelo suelto.
El punto es que siempre vuelvo sobre lo mismo. Las pobres maestras. Esos ángeles maravillosos que han decidido por vocación pasar miles de horas con cabros que ni siquiera son suyos. Es que ellas también colapsan. Y estamos en diciembre. Sólo así se entienden tres llamados en tres semanas (no estoy exagerando: el primero por mocos, el segundo por caca y el tercero por liendres). Yo también estaría agotada. De hecho lo estoy. Y más encima me pica la cabeza. ¡Ya sé! Voy a llamar a mi jefa y le voy a decir que tengo liendres y no puedo volver a trabajar hasta no estar segura de que no queda ni un visitante. Tal vez a ella también le parezca grave... aunque no creo.
¿Lo más gracioso? Cuando la Male llegó a la casa mi nana me llamó porque le parecía que estaba tosiendo más que de costumbre. El papá la llevó a la Urgencia y le diagnosticaron Neumonía. Pero eso sí, menos mal que en la enfermería del jardín confirmaron que eran liendres. Porque eso sí es grave. La tos de foca no les llamó la atención. Se ve que no es para tanto... apenas necesita corticoides, antibiótico y reposo. Nada que ver con un champú y el peine fino. Buuuuuu.
La cuestión fue que en pleno horario laboral me sonó el celular, y ví que era el número de la maestra de Malena. Me asusté, obvio, como se hubiese asustado cualquier madre. No se escuchaba bien, pero alcancé a entender que habían tenido que llevar a mi niñita a la enfermería. “¿Por qué?, ¿qué le pasó?”, pregunté. “Es que tiene liendres, y está prohibido tener liendres en el colegio. La llevamos a enfermería para verificarlo y sí, tiene”. Ya pohhhhhhhhhhhhhh... ni que fuese sarna en la época del ’20.
Mis hijas se bañan todos los días, religiosamente. Si tienen liendres es primero porque son niñitas de pelo largo, y segundo porque alguien las ha contagiado, así como seguramente ellas han contagiado a otros. Lo encuentro absolutamente normal. Como los mocos, como las peleas entre amiguitos, como la tos cuando cambia la temporada, y como todo lo otro que aquí pareciera ser realmente grave.
Sin ánimo de ofender a nadie, me imagino la misma situación en cualquier otro país. Sobre todo de esos países donde directamente no existen las dueñas de casa porque vivir con un único sueldo es algo impensable. ¿Creen que la maestra llamaría a una madre en horario laboral para avisar que la niñita de tres años tiene liendres y no puede volver a clases? Tal vez me equivoque, pero yo creo que a lo más mandarían una comunicación para que en la casa se haga el tratamiento y regrese con dos trenzas y no más pelo suelto.
El punto es que siempre vuelvo sobre lo mismo. Las pobres maestras. Esos ángeles maravillosos que han decidido por vocación pasar miles de horas con cabros que ni siquiera son suyos. Es que ellas también colapsan. Y estamos en diciembre. Sólo así se entienden tres llamados en tres semanas (no estoy exagerando: el primero por mocos, el segundo por caca y el tercero por liendres). Yo también estaría agotada. De hecho lo estoy. Y más encima me pica la cabeza. ¡Ya sé! Voy a llamar a mi jefa y le voy a decir que tengo liendres y no puedo volver a trabajar hasta no estar segura de que no queda ni un visitante. Tal vez a ella también le parezca grave... aunque no creo.
¿Lo más gracioso? Cuando la Male llegó a la casa mi nana me llamó porque le parecía que estaba tosiendo más que de costumbre. El papá la llevó a la Urgencia y le diagnosticaron Neumonía. Pero eso sí, menos mal que en la enfermería del jardín confirmaron que eran liendres. Porque eso sí es grave. La tos de foca no les llamó la atención. Se ve que no es para tanto... apenas necesita corticoides, antibiótico y reposo. Nada que ver con un champú y el peine fino. Buuuuuu.
martes, 20 de octubre de 2009
El reloj biológico
El reloj biológico está de moda. Ahora, todo pasa por el reloj biológico. Tienes que empezar con las cremas antiarrugas antes de que el reloj biológico marque que ya es irreversible, hay que ascender en el trabajo antes de que el reloj biológico indique que mejor una lolita recién recibida que cobra menos y tiene más entusiasmo, y por supuesto debes tener hijos antes de que el reloj biológico se quede sin pilas.
Pues bien, no sé en qué andaba yo por el año 2004, pero a mí nadie me había hablado del reloj biológico, y quedé embarazada con dulces 26 años.
Cinco años más tarde, ya con dos hijas, me siento en la obligación moral de alertar sobre esta cuestión a todas las mujeres –especialmente a mis nuevas amigas Marcela y Luiza-: escuchen a su reloj biológico, hasta que él no les avise que queda poco rato, ¡no tengan hijos!
No. No soy una madre arrepentida de su maternidad. Soy tan solo una humilde mamá joven enamorada de sus hijas... que podría haber esperado un par de años antes de conocerlas.
Como si Cenicienta se hubiese ido del baile un cuarto para las once. ¿Por qué?, si el Hada Madrina le dijo que tenía tiempo hasta las doce. ¿Para qué perderse, a voluntad, los últimos 75 minutos de la fiesta (que encima siempre suelen ser los mejores)? Esto es igual.
No escuchen a sus amigas con niños pequeños, esas que están orgullosas después de cada reunión de apoderados, concierto de flauta y competencia intercolegial. Escuchen a las otras, a las que acaban de llegar de New York y se compraron todo lo que estaba on sale, recorrieron China Town y a la noche fueron al teatro.
Háganme caso, ya habrá tiempo para las reuniones de colegio, los conciertos y las competencias. Pero si se adelantan al reloj biológico, créanme, se hace casi imposible escapar a Manhattan. A lo sumo, un fin de semana a Atacama. Y el paisaje será divino, pero no es lo mismo...
Pues bien, no sé en qué andaba yo por el año 2004, pero a mí nadie me había hablado del reloj biológico, y quedé embarazada con dulces 26 años.
Cinco años más tarde, ya con dos hijas, me siento en la obligación moral de alertar sobre esta cuestión a todas las mujeres –especialmente a mis nuevas amigas Marcela y Luiza-: escuchen a su reloj biológico, hasta que él no les avise que queda poco rato, ¡no tengan hijos!
No. No soy una madre arrepentida de su maternidad. Soy tan solo una humilde mamá joven enamorada de sus hijas... que podría haber esperado un par de años antes de conocerlas.
Como si Cenicienta se hubiese ido del baile un cuarto para las once. ¿Por qué?, si el Hada Madrina le dijo que tenía tiempo hasta las doce. ¿Para qué perderse, a voluntad, los últimos 75 minutos de la fiesta (que encima siempre suelen ser los mejores)? Esto es igual.
No escuchen a sus amigas con niños pequeños, esas que están orgullosas después de cada reunión de apoderados, concierto de flauta y competencia intercolegial. Escuchen a las otras, a las que acaban de llegar de New York y se compraron todo lo que estaba on sale, recorrieron China Town y a la noche fueron al teatro.
Háganme caso, ya habrá tiempo para las reuniones de colegio, los conciertos y las competencias. Pero si se adelantan al reloj biológico, créanme, se hace casi imposible escapar a Manhattan. A lo sumo, un fin de semana a Atacama. Y el paisaje será divino, pero no es lo mismo...
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