Mi hija Malena es realmente bella. Tiene la piel color mate, los ojos más celestes que he visto en mi vida, una nariz pequeñita, boca perfectamente delineada y unos rulos dorados tan o más hermosos que los de Shirley Temple. Siempre está de buen humor, desde muy guagua duerme toda la noche, es buena para comer y ama bailar.
La lata es que se porta como el hoyo. Desde sus 80 cm de altura enfrenta a todo niño que se le cruce por delante. Hace poco nos encontramos de casualidad con su compañerita Maya, que estaba al cuidado de sus abuelitos, una tía y algunas primas. La Malena fue corriendo hacia ella y todos nos quedamos con la sonrisa congelada, pensando que las dos enanas iban a fundirse en un abrazo. Pero no. Zummm, la mía le regaló un combo y la dejó en el piso ante la mirada atónita de todos, especialmente de la prima mayor, que miró a mi niña como si se tratara de una auténtica amenaza... No la juzgo.
Tan mal se porta Malena que estoy pensando seriamente en mandarme a estampar una polera que diga: “No soy su madre. A mí no me mire”.
A Malena la crié yo. Volví al trabajo cuando tenía cuatro meses y renuncié antes de que cumpliera un año. O sea que lo que aprendió lo aprendió conmigo. ¿Qué hice mal? No sé. Pero evidentemente algo (bastante) falló.
La cuestión es que ahora estoy intentando ponerme más firme con los límites. Sobre todo después de que sus maestras me informaron que resolvieron sentarla en un banquito cuando molesta a los niños. Si vieran las comunicaciones del jardín...
Transcribo:
“Papis, lo que más me gusta es quitarle el chupete a mis compañeros”.
“Papis, por favor mándenme muchos cereales para la colación así no me como los de los demás”.
Y la de ayer: “Papis, mis maestras están muy contentas porque después de dejarme sentada un rato para que me tranquilice, jugué muy bien”.
Los hijos no son todos iguales. Sol, mi hija grande, es pura bondad. Puede pasar tres horas entretenida con un lápiz y un papel. Malena la vuelve loca. Pero ella ni se inmuta. Le arranca los pelos y la otra nada, muda mientras se le va poniendo la cara roja y los ojos le brillan del dolor. Pero jamás le devuelve. Espera a que la suelte y le dice que eso no se hace, que está muy mal, y punto.
Insisto, los hijos no son todos iguales. Ni parecidos. Mis hermanos y yo lo único que tenemos en común es el apellido. Y hace poco me enteré que el medio hermano menor de Obama vive en uno de los barrios más pobres de Nairobi, con menos de un dólar al día. Seguramente nunca llegue a Presidente.
Supongo que no soy la única que a veces se pregunta por qué sus hijas son como son. ¿Será porque Sol pasó más tiempo con la Nana y ella era mejor madre que yo? ¿Será porque tenía a sus abuelas y bisabuelas estimulándola 24x7 mientras yo me quemaba las pestañas en la redacción, y Malena sólo tiene a quien escribe? ¿Será porque soy demasiado laxa y me divierto cuando la veo salir disparada como un cohete cuando quita un chupete que no le pertenece, en lugar de sentarla a reflexionar o llevarla al analista antes de cumplir dos años?
No tengo una conclusión al respecto. Blancanieves pasó la noche con siete enanos y su mamá –hasta donde sé- tampoco le dijo nada, ni la juzgó.
Muchísimas madres tienen la responsabilidad de lidiar con cabros que se portan pésimo, o simplemente hacen cosas que preferiríamos evitar. La mayoría, supongo. Aquí he visto reacciones bien diferentes al respecto: desde mamás que consultan psicólogos, neurólogos y gastan hasta lo que no tienen para que finalmente la tomografía computada les diga que no es nada clínico y que con el tiempo pasará, hasta gansas que miran para arriba haciéndose las distraídas cuando el pendejo se manda la embarrada. Yo prefiero pensar que son niños. Que más tarde o más temprano aprenderán a comportarse. No conozco niñitas de seis años que van por la vida empujando amigas...
¿Y si nos relajamos un poco? Padres y maestras, digo. Tengo una amiga con un cabro de seis años que lleva tres pagando consultas y así y todo el colegio la sigue volviendo loca porque molesta a los otros. Que consulte más profesionales, más, más. Y me consta que no es la única. En las reuniones de apoderados se habla de bullying como si se tratara de algo normal, instalado en la agenda escolar. Lo entiendo con niños más grandes, pero ¿¡bullying en jardín?! ¿No será mucho?
En fin, mi conclusión general es bastante sencilla: ningún niño es perfecto.
Pero porsiaca, voy estampando la polera. ¿Malena? ¿Qué Malena? Ni idea che. Yo no la conozco.
lunes, 16 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
Primerizas
Si fuese comerciante, pondría un mall exclusivo para madres primerizas. ¿Han visto que las primerizas compran todo? Libros de autoayuda, cursos de masaje shantala, juguetes didácticos (que salen carísimos y encima a los niños no les divierten porque no tienen luces ni sonido), poleras para dar papa, bolsos gigantes para guardar tres pañales y una muda diminuta, 15 clases de natación (aunque a la tercera la guagua se resfría y abandonan), bolsitas especiales para botar pañales, que la única diferencia que tienen con las del Jumbo es que se pagan...
Las primerizas son consumidoras obsesivas. Y todas son iguales. Creen que saben todo porque se suscribieron al sitio de Internet que les va diciendo mes por mes cómo evoluciona el niño y llaman al pediatra si el sitio en cuestión reza que ya debe gatear y con suerte su hijo se mantiene sentado.
Yo no fui la excepción. Tengo libros sobre primera infancia de todos los colores y tamaños y desperté a mi pediatra más de una vez en la madrugada por cuestiones que hoy me parecen insólitas.
Me acuerdo una vez, cuando Sol tendría cuatro o cinco meses, mientras estaba sentada en el baño ordeñándome con un sacaleche a pila, me puse a leer un libro que terminaba con un capítulo sobre cómo organizar el primer cumpleaños (lo confieso: ¡yo pagué por ese libro!). La chica todavía no comía ni papilla, y yo ya estaba pensando en su festejo.
Llegado el momento contraté un catering de lujo. Vestí las mesas del salón con metros de raso blanco y las envolví con tul morado. Compré una garrafa de gas para que los globos colgaran del techo, le pedí a una diseñadora amiga que me copiara unas tarjetas de invitación de Martha Stewart Kids, y las imprimí con calidad de revista europea en un papel metalizado de 120 gramos. Encargué una torta con todos los personajes de Pooh hechos en mazapán y me estresé como si se tratar de mi matrimonio. O más.
Para el de Malena, en cambio, mandé invitación por email y le pedí al esposo de una compañera de trabajo que tiene confitería que me hiciera dos docenas de sanguchitos en pan de molde, cortados al medio para que rindieran más. La torta la hizo mi hermana, que como repostera es una excelente psicóloga.
Conozco primerizas más y menos estresadas. Tal vez tenga que ver un poco con su modo de ser, y otro poco con el tipo de guagua que les ha tocado en suerte. Los muy llorones tienen mamás más preocupadas y con más sueño. Los menos llorones mamás apenas más relajadas y descansadas. Pero todas, todas, absolutamente todas, comparten esa fascinación de los niños como monotema.
No importa edad, condición social, económica, religión, formación académica ni laboral. Las primerizas sólo hablan de cosas de primerizas: si el pañal rojo es mejor que el verde, que el chupete es una maravilla, que ya tiene seis meses y los cólicos no paran pero el sitio de Internet dice que deberían mermar, que el reflujo, que el curso de gimnasia posparto, que no agarra la mamadera, que si la guata en algún momento va a volver a ser digna de un bikini, que si mejor la sala cuna que queda a la vuelta o el jardín de mejor reputación que queda a cuarenta minutos...
A las madres primerizas les da mal humor que una madre experimentada les diga que se están haciendo demasiado problema por todo, y creen que su niño es más inteligente que la media. Todas creen lo mismo. Todas lo creímos (y lo creemos).
Lo que pasa es que a medida que pasan los años y reincidimos con uno, dos, o más hijos, nos vamos dando cuenta que por más esfuerzo que hagamos hay un momento en el cual los niños empiezan a hacer lo que ellos tienen ganas de hacer. Más allá de lo que nosotras queramos. No les importa que el curso de natación esté pagado hasta fin de año. Ahora quieren gimnasia artística porque la amiguita del curso se anotó en la gimnasia y no hay manera de ponerles el traje de baño. Yo intenté –siempre tan pedagógica- sobornarla con un bikini nuevo, flúo, lleno de estrellas, pero tampoco funcionó.
Y un buen día decidimos que está bien. Que ya crecieron y tienen derecho a opinar. Entendemos que es momento de guiarlos, pero también de dejarlos ser. Y que lo que mejor podemos hacer por ellos no es llevarlos de la mano, sino estar cerca por si nos necesitan.
O darles un celular, y que cualquier cosa nos llamen. Da lo mismo, ¿no?
Las primerizas son consumidoras obsesivas. Y todas son iguales. Creen que saben todo porque se suscribieron al sitio de Internet que les va diciendo mes por mes cómo evoluciona el niño y llaman al pediatra si el sitio en cuestión reza que ya debe gatear y con suerte su hijo se mantiene sentado.
Yo no fui la excepción. Tengo libros sobre primera infancia de todos los colores y tamaños y desperté a mi pediatra más de una vez en la madrugada por cuestiones que hoy me parecen insólitas.
Me acuerdo una vez, cuando Sol tendría cuatro o cinco meses, mientras estaba sentada en el baño ordeñándome con un sacaleche a pila, me puse a leer un libro que terminaba con un capítulo sobre cómo organizar el primer cumpleaños (lo confieso: ¡yo pagué por ese libro!). La chica todavía no comía ni papilla, y yo ya estaba pensando en su festejo.
Llegado el momento contraté un catering de lujo. Vestí las mesas del salón con metros de raso blanco y las envolví con tul morado. Compré una garrafa de gas para que los globos colgaran del techo, le pedí a una diseñadora amiga que me copiara unas tarjetas de invitación de Martha Stewart Kids, y las imprimí con calidad de revista europea en un papel metalizado de 120 gramos. Encargué una torta con todos los personajes de Pooh hechos en mazapán y me estresé como si se tratar de mi matrimonio. O más.
Para el de Malena, en cambio, mandé invitación por email y le pedí al esposo de una compañera de trabajo que tiene confitería que me hiciera dos docenas de sanguchitos en pan de molde, cortados al medio para que rindieran más. La torta la hizo mi hermana, que como repostera es una excelente psicóloga.
Conozco primerizas más y menos estresadas. Tal vez tenga que ver un poco con su modo de ser, y otro poco con el tipo de guagua que les ha tocado en suerte. Los muy llorones tienen mamás más preocupadas y con más sueño. Los menos llorones mamás apenas más relajadas y descansadas. Pero todas, todas, absolutamente todas, comparten esa fascinación de los niños como monotema.
No importa edad, condición social, económica, religión, formación académica ni laboral. Las primerizas sólo hablan de cosas de primerizas: si el pañal rojo es mejor que el verde, que el chupete es una maravilla, que ya tiene seis meses y los cólicos no paran pero el sitio de Internet dice que deberían mermar, que el reflujo, que el curso de gimnasia posparto, que no agarra la mamadera, que si la guata en algún momento va a volver a ser digna de un bikini, que si mejor la sala cuna que queda a la vuelta o el jardín de mejor reputación que queda a cuarenta minutos...
A las madres primerizas les da mal humor que una madre experimentada les diga que se están haciendo demasiado problema por todo, y creen que su niño es más inteligente que la media. Todas creen lo mismo. Todas lo creímos (y lo creemos).
Lo que pasa es que a medida que pasan los años y reincidimos con uno, dos, o más hijos, nos vamos dando cuenta que por más esfuerzo que hagamos hay un momento en el cual los niños empiezan a hacer lo que ellos tienen ganas de hacer. Más allá de lo que nosotras queramos. No les importa que el curso de natación esté pagado hasta fin de año. Ahora quieren gimnasia artística porque la amiguita del curso se anotó en la gimnasia y no hay manera de ponerles el traje de baño. Yo intenté –siempre tan pedagógica- sobornarla con un bikini nuevo, flúo, lleno de estrellas, pero tampoco funcionó.
Y un buen día decidimos que está bien. Que ya crecieron y tienen derecho a opinar. Entendemos que es momento de guiarlos, pero también de dejarlos ser. Y que lo que mejor podemos hacer por ellos no es llevarlos de la mano, sino estar cerca por si nos necesitan.
O darles un celular, y que cualquier cosa nos llamen. Da lo mismo, ¿no?
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Las Carolinas
Mi amiga Carolina me escribió: “Muy gracioso el blogspot. Ya voy a hacer el mío para contrarrestar tus opiniones y vamos a ver quien tiene más fans... Aguante ser mama full time!!!!! Besos, te dejo que voy a cambiar pañales con caca!!!!!”
Ella tiene 30 años, es linda y delgada. Tiene un niño de 2 años, una mujer de un año y espera su tercera guagua para enero. Guarda su título de abogado en algún rincón de la bodega y no le molesta.
Mi amiga es mi ídola. Pero no porque pasa las 24 horas del día con sus niños, sino porque se la ve feliz con ellos. Y eso que en su casa hay un LCD de 42 pulgadas justo frente a la cama y otro un poco más pequeño en el escritorio. O sea, podría mirar tele hasta la madrugada en lugar de andar teniendo un hijo por año... Pero no, ella elige poblar el mundo.
Es gracias a las cientos de Carolinas que existen que nosotras, las malas madres, muchas veces nos sentimos una basura. Al menos yo más de una vez inventé que tenía reuniones de trabajo para llegar más tarde a la casa. Ellas, en cambio, van del living a la terraza y de la terraza al dormitorio con una sonrisa (y los chicos en brazos). Siempre tienen las manos prolijas, saben caminar con tacos altos y encima les gusta almorzar ensalada. Jamás se comerían un buen sandwich, de esos que chorrean mayo por todos los lados.
De verdad admiro a las Carolinas. Aunque agradezco no haber nacido con su capacidad y paciencia.
Si ser madre es algo que se aprende, se ve que la Caro y yo elegimos diferentes universidades. Por suerte para ambas.
Ella tiene 30 años, es linda y delgada. Tiene un niño de 2 años, una mujer de un año y espera su tercera guagua para enero. Guarda su título de abogado en algún rincón de la bodega y no le molesta.
Mi amiga es mi ídola. Pero no porque pasa las 24 horas del día con sus niños, sino porque se la ve feliz con ellos. Y eso que en su casa hay un LCD de 42 pulgadas justo frente a la cama y otro un poco más pequeño en el escritorio. O sea, podría mirar tele hasta la madrugada en lugar de andar teniendo un hijo por año... Pero no, ella elige poblar el mundo.
Es gracias a las cientos de Carolinas que existen que nosotras, las malas madres, muchas veces nos sentimos una basura. Al menos yo más de una vez inventé que tenía reuniones de trabajo para llegar más tarde a la casa. Ellas, en cambio, van del living a la terraza y de la terraza al dormitorio con una sonrisa (y los chicos en brazos). Siempre tienen las manos prolijas, saben caminar con tacos altos y encima les gusta almorzar ensalada. Jamás se comerían un buen sandwich, de esos que chorrean mayo por todos los lados.
De verdad admiro a las Carolinas. Aunque agradezco no haber nacido con su capacidad y paciencia.
Si ser madre es algo que se aprende, se ve que la Caro y yo elegimos diferentes universidades. Por suerte para ambas.
jueves, 29 de octubre de 2009
De tareas y manicuras
Yo ya fui al colegio. Ya aprendí a leer. Ya sufrí con las matemáticas. Ya reprobé y ya recuperé Ciencias Naturales. ¿Por qué las maestras de mi hija se empeñan en hacerme repetir lo que ya se? ¿Por qué le dan tareas que solamente puede hacer si me paso toda la tarde al lado de ella? Insisto: yo ya fui al colegio. ¿Y las mamás que trabajan cómo hacen? ¿Se quedan hasta cualquier hora para cumplir? ¡no es justo!
Nos toca investigar sobre las chinitas. Cómo nacen. Cómo se reproducen. Cómo se alimentan. Cómo viven. Nada me importa menos que las chinitas, pero para el jueves tenemos que hacer láminas y maquetas.
Me siento en el computador y googleo “ladybug”. Tengo la sensación de que siempre hay más material en inglés. No me equivoco. Hay exactamente 4.730.000 sitios sobre las chinitas.
En veinte minutos termino la investigación. Imprimo, recorto, pego. Unas tres horas más tarde la lámina y la maqueta están listas para que mi hija pueda hacer su disertación. “Quedó casi perfecta. Es como muy blanca... no puedes ponerle escarcha dorada para que quede como la del Mauricio. Y al árbol podrías ponerle ramitas de verdad. Porfiiiii”, me dice mi niña mientras sigue jugando con sus pet shops. Trago saliva. OK, le ponemos escarcha y ramitas. “Gracias mamita, eres la mejor”, dice, sin dejar de jugar.
¿No se supone que las tareas son para los niños? ¿Alguna vez alguien vio una lámina escrita con caligrafía infantil? ¿O una maqueta de kinder que pareciera hecha por un chico de seis?
Tengo una teoría: pienso que se trata de una venganza encubierta de las educadoras porque deben pasar todo el día rodeadas de cabros chicos y ni ellas los soportan, más allá de su incuestionable y admirable vocación.
Ellas eligieron su profesión. Ahora, que se hagan cargo. ¡Pero a mí que no me jodan! Y si me van a hacer trabajar, que me digan dónde presento mi boleta de honorarios... O mínimo me paguen la manicura, porque típico que después de tanta manualidad, las uñas terminan a la miseria...
Nos toca investigar sobre las chinitas. Cómo nacen. Cómo se reproducen. Cómo se alimentan. Cómo viven. Nada me importa menos que las chinitas, pero para el jueves tenemos que hacer láminas y maquetas.
Me siento en el computador y googleo “ladybug”. Tengo la sensación de que siempre hay más material en inglés. No me equivoco. Hay exactamente 4.730.000 sitios sobre las chinitas.
En veinte minutos termino la investigación. Imprimo, recorto, pego. Unas tres horas más tarde la lámina y la maqueta están listas para que mi hija pueda hacer su disertación. “Quedó casi perfecta. Es como muy blanca... no puedes ponerle escarcha dorada para que quede como la del Mauricio. Y al árbol podrías ponerle ramitas de verdad. Porfiiiii”, me dice mi niña mientras sigue jugando con sus pet shops. Trago saliva. OK, le ponemos escarcha y ramitas. “Gracias mamita, eres la mejor”, dice, sin dejar de jugar.
¿No se supone que las tareas son para los niños? ¿Alguna vez alguien vio una lámina escrita con caligrafía infantil? ¿O una maqueta de kinder que pareciera hecha por un chico de seis?
Tengo una teoría: pienso que se trata de una venganza encubierta de las educadoras porque deben pasar todo el día rodeadas de cabros chicos y ni ellas los soportan, más allá de su incuestionable y admirable vocación.
Ellas eligieron su profesión. Ahora, que se hagan cargo. ¡Pero a mí que no me jodan! Y si me van a hacer trabajar, que me digan dónde presento mi boleta de honorarios... O mínimo me paguen la manicura, porque típico que después de tanta manualidad, las uñas terminan a la miseria...
martes, 20 de octubre de 2009
El reloj biológico
El reloj biológico está de moda. Ahora, todo pasa por el reloj biológico. Tienes que empezar con las cremas antiarrugas antes de que el reloj biológico marque que ya es irreversible, hay que ascender en el trabajo antes de que el reloj biológico indique que mejor una lolita recién recibida que cobra menos y tiene más entusiasmo, y por supuesto debes tener hijos antes de que el reloj biológico se quede sin pilas.
Pues bien, no sé en qué andaba yo por el año 2004, pero a mí nadie me había hablado del reloj biológico, y quedé embarazada con dulces 26 años.
Cinco años más tarde, ya con dos hijas, me siento en la obligación moral de alertar sobre esta cuestión a todas las mujeres –especialmente a mis nuevas amigas Marcela y Luiza-: escuchen a su reloj biológico, hasta que él no les avise que queda poco rato, ¡no tengan hijos!
No. No soy una madre arrepentida de su maternidad. Soy tan solo una humilde mamá joven enamorada de sus hijas... que podría haber esperado un par de años antes de conocerlas.
Como si Cenicienta se hubiese ido del baile un cuarto para las once. ¿Por qué?, si el Hada Madrina le dijo que tenía tiempo hasta las doce. ¿Para qué perderse, a voluntad, los últimos 75 minutos de la fiesta (que encima siempre suelen ser los mejores)? Esto es igual.
No escuchen a sus amigas con niños pequeños, esas que están orgullosas después de cada reunión de apoderados, concierto de flauta y competencia intercolegial. Escuchen a las otras, a las que acaban de llegar de New York y se compraron todo lo que estaba on sale, recorrieron China Town y a la noche fueron al teatro.
Háganme caso, ya habrá tiempo para las reuniones de colegio, los conciertos y las competencias. Pero si se adelantan al reloj biológico, créanme, se hace casi imposible escapar a Manhattan. A lo sumo, un fin de semana a Atacama. Y el paisaje será divino, pero no es lo mismo...
Pues bien, no sé en qué andaba yo por el año 2004, pero a mí nadie me había hablado del reloj biológico, y quedé embarazada con dulces 26 años.
Cinco años más tarde, ya con dos hijas, me siento en la obligación moral de alertar sobre esta cuestión a todas las mujeres –especialmente a mis nuevas amigas Marcela y Luiza-: escuchen a su reloj biológico, hasta que él no les avise que queda poco rato, ¡no tengan hijos!
No. No soy una madre arrepentida de su maternidad. Soy tan solo una humilde mamá joven enamorada de sus hijas... que podría haber esperado un par de años antes de conocerlas.
Como si Cenicienta se hubiese ido del baile un cuarto para las once. ¿Por qué?, si el Hada Madrina le dijo que tenía tiempo hasta las doce. ¿Para qué perderse, a voluntad, los últimos 75 minutos de la fiesta (que encima siempre suelen ser los mejores)? Esto es igual.
No escuchen a sus amigas con niños pequeños, esas que están orgullosas después de cada reunión de apoderados, concierto de flauta y competencia intercolegial. Escuchen a las otras, a las que acaban de llegar de New York y se compraron todo lo que estaba on sale, recorrieron China Town y a la noche fueron al teatro.
Háganme caso, ya habrá tiempo para las reuniones de colegio, los conciertos y las competencias. Pero si se adelantan al reloj biológico, créanme, se hace casi imposible escapar a Manhattan. A lo sumo, un fin de semana a Atacama. Y el paisaje será divino, pero no es lo mismo...
miércoles, 14 de octubre de 2009
Lo malo de ser la mejor
Me gustaba más cuando me querían menos. Suena ridículo, me consta, pero esta sensación de ser lo más importante en la vida de alguien es demasiada responsabilidad para alguien tan irresponsable como yo.
Un día, por pura casualidad, me topé con mi hija mayor que estaba en una actividad con sus maestras y compañeros. Estaban jugando a elegir entre dos opciones: “Papas fritas o helado de chocolate”, “Color rosa o naranjo”, “Avión o cohete”. Puras huevadas. Hasta que una de las profesoras dijo: “Mamá o papá” y mi princesita gritó “papáaaaaaaaaaa”.
Fue genial. En ese minuto supe que yo no era su favorita y, de verdad, me sentí liberada.
Ahora pasamos tanto tiempo juntas que no para de decirme que soy la mejor, la más hermosa, la que más quiere, la que mejor la peina, la que la cuida cuando se enferma.
Me agobia. Es mucha presión.
Lo peor es que por más que intento caerme del pedestal, no lo consigo. No me gusta jugar a nada. Detesto leer cuentos e inventar historias. Me aburren las barbies, los ponys, los pet shops, Barney, Hanna, las Princesas y todo el universo infantil. Pero pareciera que a mis niñas no les importa, o no lo notan, o lo disimulan...
Anoche Sol me pidió que antes de dormir le contara “un cuento inventado con opciones”. Y fue más o menos así: “Había una vez una nena que se tenía que ir a dormir. Opción A porque tenía que ir al colegio. Opción B porque al día siguiente era su cumpleaños”. Eligió la B -lógico- así que seguí: “y cuando se levantó fue muy feliz. Listo. Terminó”. Malísimo el cuento. Sin embargo, le encantó. Me dijo que ella quería ser la nena del cuento y se durmió con una sonrisa.
Voy a ver si mañana me sale peor.
Un día, por pura casualidad, me topé con mi hija mayor que estaba en una actividad con sus maestras y compañeros. Estaban jugando a elegir entre dos opciones: “Papas fritas o helado de chocolate”, “Color rosa o naranjo”, “Avión o cohete”. Puras huevadas. Hasta que una de las profesoras dijo: “Mamá o papá” y mi princesita gritó “papáaaaaaaaaaa”.
Fue genial. En ese minuto supe que yo no era su favorita y, de verdad, me sentí liberada.
Ahora pasamos tanto tiempo juntas que no para de decirme que soy la mejor, la más hermosa, la que más quiere, la que mejor la peina, la que la cuida cuando se enferma.
Me agobia. Es mucha presión.
Lo peor es que por más que intento caerme del pedestal, no lo consigo. No me gusta jugar a nada. Detesto leer cuentos e inventar historias. Me aburren las barbies, los ponys, los pet shops, Barney, Hanna, las Princesas y todo el universo infantil. Pero pareciera que a mis niñas no les importa, o no lo notan, o lo disimulan...
Anoche Sol me pidió que antes de dormir le contara “un cuento inventado con opciones”. Y fue más o menos así: “Había una vez una nena que se tenía que ir a dormir. Opción A porque tenía que ir al colegio. Opción B porque al día siguiente era su cumpleaños”. Eligió la B -lógico- así que seguí: “y cuando se levantó fue muy feliz. Listo. Terminó”. Malísimo el cuento. Sin embargo, le encantó. Me dijo que ella quería ser la nena del cuento y se durmió con una sonrisa.
Voy a ver si mañana me sale peor.
jueves, 1 de octubre de 2009
Amorosas, pero indeseables
Hay algo peor que llevar a las niñas a casa a la vuelta del colegio. Llevarlas con amigas.
Amorosas, todas. De buenas familias, educadas, responsables. Máquinas de pedir cosas y más cosas. Tomar once en la terraza, saltar sobre el sillón, pintar en el suelo. Siete modelos distintos de galletas, snacks y cereales. Jugo, gaseosa y agua de la llave. Maquillajes, tacos altos, DVD´s. Y un sinfín de etcéteras.
En Argentina tenía la genial excusa del trabajo. Tantas horas fuera de la casa me impedían ejercer de anfitriona. Aquí, en cambio, soy la que no hace nada. Y, encima, soy la nueva. Así que estoy fregada.
Pensé algunas excusas para utilizar de aquí en adelante:
“No puedo llevarme a tu hija, estoy con visitas de Buenos Aires”
“No puedo llevarme a tu hija, tengo que llevar a la chica al pediatra”
“No puedo llevarme a tu hija, estoy si nana y se me complica”
“No puedo llevarme a tu hija, la invitó a jugar una amiga que no es del colegio”
“No puedo llevarme a tu hija, estoy indispuesta y me siento mal”
“No puedo llevarme a tu hija, me carga tener más pendejas en casa” No, creo que esta no va.
Se aceptan sugerencias.
Amorosas, todas. De buenas familias, educadas, responsables. Máquinas de pedir cosas y más cosas. Tomar once en la terraza, saltar sobre el sillón, pintar en el suelo. Siete modelos distintos de galletas, snacks y cereales. Jugo, gaseosa y agua de la llave. Maquillajes, tacos altos, DVD´s. Y un sinfín de etcéteras.
En Argentina tenía la genial excusa del trabajo. Tantas horas fuera de la casa me impedían ejercer de anfitriona. Aquí, en cambio, soy la que no hace nada. Y, encima, soy la nueva. Así que estoy fregada.
Pensé algunas excusas para utilizar de aquí en adelante:
“No puedo llevarme a tu hija, estoy con visitas de Buenos Aires”
“No puedo llevarme a tu hija, tengo que llevar a la chica al pediatra”
“No puedo llevarme a tu hija, estoy si nana y se me complica”
“No puedo llevarme a tu hija, la invitó a jugar una amiga que no es del colegio”
“No puedo llevarme a tu hija, estoy indispuesta y me siento mal”
“No puedo llevarme a tu hija, me carga tener más pendejas en casa” No, creo que esta no va.
Se aceptan sugerencias.
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