lunes, 21 de febrero de 2011

Objetivos 2011

Para la mayoría de las mamás, el año comienza en marzo. La dulce rutina se apodera de los niños y, por fin, podemos volver a tener 10 minutos para ir al baño sin que nadie nos abra la puerta.

Así las cosas, ahora que marzo nos está pisando los talones es un buen momento para plantear los objetivos del 2011. Aquí, los míos:

1. Pasar menos tiempo en el trabajo y más con las niñas (un poquito, ¡tampoco exageremos!)

2. Reducir al mínimo la ingesta de comida chatarra

3. Viajar más seguido a Buenos Aires a ver a la familia

4. Renovar mi licencia de conducir, por primera vez, antes de que se me haya vencido

5. No discutir con mi mamá (jeje, me estoy riendo sola)

6. Trabajar el concepto de paciencia (las utopías son válidas, por qué no)

7. Operarme las pechugas (basta de dar pena con mis pasas de uva!! Además, no me vengan con la onda natural. Qué tiene de natural el relleno de los push ups sin los cuales no me animo a salir ni a la esquina?)

8. Acordarme de que no quiero tener más hijos. Es que Malenita está creciendo demasiado rápido y tengo la teoría que ahí es cuando las mujeres bajamos la guardia y reincidimos, a pesar de que ya sabemos lo que nos espera.

9. Viajar sola con mi marido a celebrar los diez años de matrimonio

10. cumplir al menos tres de los nueve objetivos mencionados…

¿y ustedes qué tienen pensado?

sábado, 29 de enero de 2011

Una mamá económicamente activa

Pasó demasiado rápido. Todavía me cuesta creer que ya hace seis meses que volví a trabajar. En su momento escribí que me invadían una serie de sentimientos contradictorios. Hoy me siento en condiciones de hacer un primer balance: así como Dora necesita de Botas, el mapa y la mochila para ser una buena exploradora, yo necesito una pega, un sueldo fijo y un horario flexible para ser una buena mamá.

Es así de fácil, y ya lo comprobé: la maternidad full time me agota, me provoca asfixia. Por suerte a la mayoría de mis amigas les pasa igual. Por eso, supongo, son mis amigas. Antes pasaba mucho rato con unas primerizas que más que una maternidad ejercían un sacerdocio. Ahora, no. Me agotaron. Me hinché las pelotas de escucharlas hablar de sus hijas y de sus nanas. Hasta que no se compren una vida más interesante, he prometido no volver a compartir un café con ellas.

Una de las mejores cosas que tiene el trabajo es la posibilidad de tener un mundo propio absolutamente ajeno a la familia. Y, más especialmente, al marido. ¿Por qué? Porque sí. Porque lo encuentro divertido y ya. Porque nos da la posibilidad de entablar relaciones con personas diferentes que de no ser por la profesión, seguramente no conoceríamos.

Otro de los grandes beneficios del asunto es el económico. La que diga que no le da ni un poquito de picazón en el ego pedir plata y no producir nada (o.k, producir satisfacciones es importante, pero en el Jumbo no puedes pagar la cuenta con satisfacciones) me da lástima. Obvio que hay miles de excepciones. Pero en términos generales, esas mujeres no me simpatizan para nada.

Después de mucho tiempo me tocó viajar por pega. Lo primero que hice fue agradecer a Dios por la posibilidad de dormir tranquila durante 5 días. Lo segundo, fue meterme en Internet a comprar botas y demás huevaditas que me llegaron al hotel. Y no me dio ni un poquito de culpa. Ni le avisé a nadie. Simplemente lo decidí y lo hice. Lo admito: no puedo creer que una mujer adulta, con todas sus facultades, capacidades y permisos legales para trabajar, que simplemente decide andar por la vida de café en café hasta que los cabros salen del colegio, pueda manejarse económicamente de la misma manera.

Chiquillas, no nos engañemos. Trabajar es mucho más que ganar plata. Trabajar es ganar independencia y sobre todo es ganar tiempo libre (aunque suene contradictorio). Se mueren lo bien que la pasé en mi viaje de trabajo. Me agoté, es cierto. Pero podría agotarme voluntariamente de la misma manera varias veces más a lo largo del año.

En síntesis, estoy feliz de haber vuelto al laburo. Se los recomiendo! Veo menos a mis hijas, pero las disfruto más. Calidad, no cantidad. Es un buen deal!

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Niños de vacaciones...

Detesto contar cuentos. Ya lo saben. Pero hacerlo después de las 22.30 es todavía peor. Me carga que a las 4 de la tarde la casa esté increíblemente desordenada y que las compras del supermercado no duren ni una semana. ¿Algo más? Sí, me pone de pésimo humor que me llamen a la pega porque están aburridas. Lo asumo: ¡odio las vacacionesssssssssss! Ya, ok, no es para tanto. Una puede estar más tiempo con las niñitas, llevarlas al cine, al parque, a la piscina, a las casas de las amigas, recibir a las amigas en casa... Sí, sí es para tanto. Al menos para mí.

Es que todo es tan perfecto cuando la logística del año funicona que llega diciembre y entro en pánico. Siempre me pasa lo mismo. No sé cómo voy a hacer para sobrevivir hasta marzo y, sin embargo, siempre sobrevivo. ¿Soy yo a a todas les pasa que se acuestan a dormir un caluroso día de marzo y se levantan otro caluroso día de diciembre? En el medio, cuando la cuestión está ordenada, pasa tan rápido que ni se nota.

No es casual que mi último post haya coincidido con el final de clases... desde entonces no he parado. Del trabajo a la casa, de la casa a la piscina, de la piscina a la cama. De la cama al trabajo, y así sucesivamente cada día. Más encima la nana se fue a Concepción así que a lo de siempre, sumé las tareas domésticas. En realidad las sumé los primeros días. Ahora nos acostumbramos a buscar la ropa en el suelo y a comer pizza calentada en el microondas. No es grave y yo no tengo que cocinar ni planchar.

Me muevo y mi espalda cruje. En verdad estoy raja. Malena se acaba de dormir. Voy a intentar descansar sin que Sol venga a pedirme que le sirva algo para tomar... ¡a quién quiero engañar! Seguro espera a que cierre los ojos para tener sed. Odio las vacaciones. Apuesto que quien las inventó tenía hijos casados. O era soltero. O era un tremendo imbécil.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Éramos pocos y llegaron los piojos

Que no tenga tos. Que no tenga fiebre. Que no tenga mocos. Que no tenga piojos. Que no se haga en los calzones. Que nunca les quite nada a los otros niños. ¿No será mucho? Son demasiados requisitos para un jardín infantil. Tantos, que si en verdad quisiera cumplirlos todos no la mandarìa nunca!! De hecho son más de los que me piden para renovar la visa de residencia. ¿Será que para primero básico hay que presentar certificado de antecedentes penales?

La cuestión fue que en pleno horario laboral me sonó el celular, y ví que era el número de la maestra de Malena. Me asusté, obvio, como se hubiese asustado cualquier madre. No se escuchaba bien, pero alcancé a entender que habían tenido que llevar a mi niñita a la enfermería. “¿Por qué?, ¿qué le pasó?”, pregunté. “Es que tiene liendres, y está prohibido tener liendres en el colegio. La llevamos a enfermería para verificarlo y sí, tiene”. Ya pohhhhhhhhhhhhhh... ni que fuese sarna en la época del ’20.

Mis hijas se bañan todos los días, religiosamente. Si tienen liendres es primero porque son niñitas de pelo largo, y segundo porque alguien las ha contagiado, así como seguramente ellas han contagiado a otros. Lo encuentro absolutamente normal. Como los mocos, como las peleas entre amiguitos, como la tos cuando cambia la temporada, y como todo lo otro que aquí pareciera ser realmente grave.

Sin ánimo de ofender a nadie, me imagino la misma situación en cualquier otro país. Sobre todo de esos países donde directamente no existen las dueñas de casa porque vivir con un único sueldo es algo impensable. ¿Creen que la maestra llamaría a una madre en horario laboral para avisar que la niñita de tres años tiene liendres y no puede volver a clases? Tal vez me equivoque, pero yo creo que a lo más mandarían una comunicación para que en la casa se haga el tratamiento y regrese con dos trenzas y no más pelo suelto.

El punto es que siempre vuelvo sobre lo mismo. Las pobres maestras. Esos ángeles maravillosos que han decidido por vocación pasar miles de horas con cabros que ni siquiera son suyos. Es que ellas también colapsan. Y estamos en diciembre. Sólo así se entienden tres llamados en tres semanas (no estoy exagerando: el primero por mocos, el segundo por caca y el tercero por liendres). Yo también estaría agotada. De hecho lo estoy. Y más encima me pica la cabeza. ¡Ya sé! Voy a llamar a mi jefa y le voy a decir que tengo liendres y no puedo volver a trabajar hasta no estar segura de que no queda ni un visitante. Tal vez a ella también le parezca grave... aunque no creo.

¿Lo más gracioso? Cuando la Male llegó a la casa mi nana me llamó porque le parecía que estaba tosiendo más que de costumbre. El papá la llevó a la Urgencia y le diagnosticaron Neumonía. Pero eso sí, menos mal que en la enfermería del jardín confirmaron que eran liendres. Porque eso sí es grave. La tos de foca no les llamó la atención. Se ve que no es para tanto... apenas necesita corticoides, antibiótico y reposo. Nada que ver con un champú y el peine fino. Buuuuuu.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La boda de mi mejor amiga

Mi mejor amiga es argentina. Su pololo también. Ella vive en Nueva York. Él también. Alguien puede decirme, entonces, ¿por qué chucha se casan en Uruguay? Da lo mismo, el tema es que estoy a punto de abordar un avión a Buenos Aires para luego tomar un barco a Colonia y de ahí manejar hasta Carmelo. Demasiado cool para una humilde madre y periodista como yo. Es que mi amiga es así, transpira glamour. Siempre fue igual. Y a mí me encanta que así sea, porque es todo lo que yo no soy. Por eso la quiero tanto.

El cuento es que por primera vez en seis años mi marido y yo vamos a tomarnos unos días juntos lejos de las niñitas. Serán apenas dos noches pero para mí es el evento del siglo. Primero, porque el matrimonio promete ser digno de Hollywood. Sólo para que tengan una idea, tengo que ponerme un vestido que jamás elegí, ni me probé, ni siquiera vi. Pero es el mismo que usaremos todas las damas de honor. ¿Lo peor? Es strapless. O sea: prohibitivo para una ex lactante que no ha recurrido a las prótesis de siliconas. Pero a mi amiga no le importó, sugirió un sostén sin breteles y ya. Veremos cómo resulta… Segundo, porque arrendamos una exquisita habitación en una suerte de hotel boutique a orillas del río.

Internamente tengo un mix de sensaciones. Obviamente, alegría por mi amiga. Me pone muy feliz que finalmente haya encontrado un compañero de ruta. Pero al mismo tiempo me da pena porque es la última soltera, y ya no se me ocurre que otra fiesta tan entretenida pueda tener. También me da un poco de culpa por las niñas. Nosotros durmiendo con el ruido de las olas rompiendo sobre la pared del cuarto y ellas madrugando para ir al colegio. Supongo que por eso nunca antes nos hemos ido solos…
Porque a pesar de todo, soy muy judía en este sentido. Me mata la idea de que algo pueda pasarles mientras nosotros estamos lejos. O sea, se quedan en Santiago con mi santa madre, que puede resolver absolutamente todo mil veces mejor que yo. Pero igual, me da cosita.

¿Y si se cae el avión? ¿Y si nos intoxicamos con las exquisiteces que seguramente sirvan en la fiesta porque nuestros cuerpos no están acostumbrados y entonces no podemos volver luego a Santiago? ¿Y si algo les pasa a ellas? ¿Y si no se quieren bañar y empiezan con pataletas? ¿Y si mi mamá se enferma y se siente pésimo como para cuidarlas? ¿Y si no se enferma pero colapsa a las 24 horas? ¿Y si suspenden los vuelos por alguna huelga de esas que suele haber? ¿Y si hay otro terremoto?

No no no. No puedo autoboicotearme tanto. Si cualquier cosa de esas pasa Dios proveerá. Y si no provee Él proverá alguna amiga o vecina. Porque, pensándolo bien, ¡ni cagando me pierdo el carrete!

lunes, 15 de noviembre de 2010

Hijos enormes. Enormes hijos

Todavía me acuerdo la primera reunión de apoderados justo antes de que Sol empezara el jardín. Estaba emocionada, excitada, feliz, ansiosa. Sentía que ella estaba grande, enorme.

Le compré el uniforme del talle más pequeño y le mandé a hacer doble vasta, porque le quedaba larguísimo. Luché media hora con los tres pelos superrubios que tenía para poder hacerle un moño y le saqué tantas fotos como me permitió la batería de nuestra primera cámara digital de 2.3 megapixeles.

Por su personalidad, creía que no iba a costarle la adaptación. Le costó poco, y me encantó que así fuera. Murió con las tres gallinas que correteaban por el patio del fondo y eso bastó para que me soltara la mano y se fuera con la tía Guada.

La sala tenía una pequeña ventana bien alta, larga pero angosta. Y yo, como las otra mamás, pasaba unos cuantos minutos con la nariz pegada al vidrio tratando de espiar lo que pasaba allí adentro.

Y después todo pasó demasiado rápido. Demasiado.

Dejó el chupete. Dejó los pañales. Dejó la mamadera. Invitó a sus amigas a jugar a la casa. Se quedó a dormir en la casa de Lola. Y de Iara. Y de Flor. Y de Cande. Se fue de excursión. Nació su hermana Malena. Empezó a pololear. Dejó de pololear. Nos mudamos a Chile. Hizo nuevas amigas. Cambió el “Sho soy Sol” por “Io soy la Sol”. Tuvo si primera pijamada. Y, ahora, se gradúa de kinder. Oh my god. Se gradúa de kinder.

Es increíble cómo ha pasado el tiempo. Es increíble cómo hemos crecido todos. Va más allá de qué tipo de madre seamos, cuánto rato le dediquemos a los niños o qué soñemos para ellos el día de mañana. Estos pequeños `hitos` de la vida de nuestros hijos, necesariamente, nos llenan el estómago de mariposas.

Es un post demasiado serio, lo sé. Pero es que al cagó cómo me movilizan estas cuestiones. Sobre todo, imagino, cuando se trata de la hija mayor...

Ayer vi la foto que le tomaron con el birrete (sí, birrete. Too much, pero divertido igual!). Salió tan linda. Es tan linda. Y eso a pesar de la ensalada de dientes gigantes que últimamante le han salido. La verdad, es un sol. Mi Sol. Mi enorme Sol.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Casi cualquier cosa

Basta. Estoy chata de las dos niñitas que sistemáticamente molestan a mi Sol. Que no te sientes aquí, que vete para allá, que tú no puedes jugar, que tu dibujo está feo. Si no me obligase a contar hasta cien cada vez que las escucho molestar a mi princesa mayor, les gritaría hasta dejarlas despeinadas (y sordas).

Las mujeres somos capaces de soportar casi cualquier cosa. Podemos parir bebés enormes, podemos cargar guaguas de 18 kilos desde el auto hasta la cama, podemos soportar la depilación del rebaje con cera caliente y hasta aguantar todo el día comiendo apenas un par de hojas de lechuga. Pero lo que no podemos aguantar es la cara de tristeza de nuestros niños.

Es increíble cómo somos capaces de somatizar y empatizar con estas cuestiones. A mí me duele la guata cada vez que veo en Sol una mueca triste. Me gusta el título de ese libro que dice “Si todo es bullying, nada es bullying”. O sea, entiendo que a los seis años estas son cosas de niños, pero cuando se vuelve sistemático es momento de empezar a prestar más atención…

Lo bueno es que Sol no pesca demasiado. Como que se va a jugar con otras, y ya. Pero me consta que no le da lo mismo, porque en la casa siempre hace algún comentario sobre estas pequeñas “malditas”.

Me pregunto hasta dónde las madres podemos interceder. ¿Podemos decirles a nuestros hijos que las niñas que las molestan son fomes, aguaguadas y que no valen la pena? ¿O es demasiado y sólo tenemos que decirles que no presten atención? ¿Podemos llamar a las otras mamás y pedirles que hablen con sus hijas? Alguien me dijo que eso estaba muy mal visto. Así que mejor no.

Por momentos tengo ganas de convertirme en mosca para estar todo el día revoloteando alrededor de mi hija y evitar que la lastimen. Pero de a ratos entiendo que tiene que crecer y que lo que no la mata, la fortalece. Pero qué no daría una por evitarles sufrimientos innecesarios, ¿no?

Es curioso: aún yo, que en verdad me considero una madre deficiente en varios aspectos, me vuelvo una leona cuando se trata de defender a mis cachorras. Esas dos niñitas no saben con quién se han metido… grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Por primera vez me siento absolutamente desorientada. Obvio que no puedo andar matoneando a dos pendejas. ¿O sí?