Mi mejor amiga es argentina. Su pololo también. Ella vive en Nueva York. Él también. Alguien puede decirme, entonces, ¿por qué chucha se casan en Uruguay? Da lo mismo, el tema es que estoy a punto de abordar un avión a Buenos Aires para luego tomar un barco a Colonia y de ahí manejar hasta Carmelo. Demasiado cool para una humilde madre y periodista como yo. Es que mi amiga es así, transpira glamour. Siempre fue igual. Y a mí me encanta que así sea, porque es todo lo que yo no soy. Por eso la quiero tanto.
El cuento es que por primera vez en seis años mi marido y yo vamos a tomarnos unos días juntos lejos de las niñitas. Serán apenas dos noches pero para mí es el evento del siglo. Primero, porque el matrimonio promete ser digno de Hollywood. Sólo para que tengan una idea, tengo que ponerme un vestido que jamás elegí, ni me probé, ni siquiera vi. Pero es el mismo que usaremos todas las damas de honor. ¿Lo peor? Es strapless. O sea: prohibitivo para una ex lactante que no ha recurrido a las prótesis de siliconas. Pero a mi amiga no le importó, sugirió un sostén sin breteles y ya. Veremos cómo resulta… Segundo, porque arrendamos una exquisita habitación en una suerte de hotel boutique a orillas del río.
Internamente tengo un mix de sensaciones. Obviamente, alegría por mi amiga. Me pone muy feliz que finalmente haya encontrado un compañero de ruta. Pero al mismo tiempo me da pena porque es la última soltera, y ya no se me ocurre que otra fiesta tan entretenida pueda tener. También me da un poco de culpa por las niñas. Nosotros durmiendo con el ruido de las olas rompiendo sobre la pared del cuarto y ellas madrugando para ir al colegio. Supongo que por eso nunca antes nos hemos ido solos…
Porque a pesar de todo, soy muy judía en este sentido. Me mata la idea de que algo pueda pasarles mientras nosotros estamos lejos. O sea, se quedan en Santiago con mi santa madre, que puede resolver absolutamente todo mil veces mejor que yo. Pero igual, me da cosita.
¿Y si se cae el avión? ¿Y si nos intoxicamos con las exquisiteces que seguramente sirvan en la fiesta porque nuestros cuerpos no están acostumbrados y entonces no podemos volver luego a Santiago? ¿Y si algo les pasa a ellas? ¿Y si no se quieren bañar y empiezan con pataletas? ¿Y si mi mamá se enferma y se siente pésimo como para cuidarlas? ¿Y si no se enferma pero colapsa a las 24 horas? ¿Y si suspenden los vuelos por alguna huelga de esas que suele haber? ¿Y si hay otro terremoto?
No no no. No puedo autoboicotearme tanto. Si cualquier cosa de esas pasa Dios proveerá. Y si no provee Él proverá alguna amiga o vecina. Porque, pensándolo bien, ¡ni cagando me pierdo el carrete!
lunes, 29 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Hijos enormes. Enormes hijos
Todavía me acuerdo la primera reunión de apoderados justo antes de que Sol empezara el jardín. Estaba emocionada, excitada, feliz, ansiosa. Sentía que ella estaba grande, enorme.
Le compré el uniforme del talle más pequeño y le mandé a hacer doble vasta, porque le quedaba larguísimo. Luché media hora con los tres pelos superrubios que tenía para poder hacerle un moño y le saqué tantas fotos como me permitió la batería de nuestra primera cámara digital de 2.3 megapixeles.
Por su personalidad, creía que no iba a costarle la adaptación. Le costó poco, y me encantó que así fuera. Murió con las tres gallinas que correteaban por el patio del fondo y eso bastó para que me soltara la mano y se fuera con la tía Guada.
La sala tenía una pequeña ventana bien alta, larga pero angosta. Y yo, como las otra mamás, pasaba unos cuantos minutos con la nariz pegada al vidrio tratando de espiar lo que pasaba allí adentro.
Y después todo pasó demasiado rápido. Demasiado.
Dejó el chupete. Dejó los pañales. Dejó la mamadera. Invitó a sus amigas a jugar a la casa. Se quedó a dormir en la casa de Lola. Y de Iara. Y de Flor. Y de Cande. Se fue de excursión. Nació su hermana Malena. Empezó a pololear. Dejó de pololear. Nos mudamos a Chile. Hizo nuevas amigas. Cambió el “Sho soy Sol” por “Io soy la Sol”. Tuvo si primera pijamada. Y, ahora, se gradúa de kinder. Oh my god. Se gradúa de kinder.
Es increíble cómo ha pasado el tiempo. Es increíble cómo hemos crecido todos. Va más allá de qué tipo de madre seamos, cuánto rato le dediquemos a los niños o qué soñemos para ellos el día de mañana. Estos pequeños `hitos` de la vida de nuestros hijos, necesariamente, nos llenan el estómago de mariposas.
Es un post demasiado serio, lo sé. Pero es que al cagó cómo me movilizan estas cuestiones. Sobre todo, imagino, cuando se trata de la hija mayor...
Ayer vi la foto que le tomaron con el birrete (sí, birrete. Too much, pero divertido igual!). Salió tan linda. Es tan linda. Y eso a pesar de la ensalada de dientes gigantes que últimamante le han salido. La verdad, es un sol. Mi Sol. Mi enorme Sol.
Le compré el uniforme del talle más pequeño y le mandé a hacer doble vasta, porque le quedaba larguísimo. Luché media hora con los tres pelos superrubios que tenía para poder hacerle un moño y le saqué tantas fotos como me permitió la batería de nuestra primera cámara digital de 2.3 megapixeles.
Por su personalidad, creía que no iba a costarle la adaptación. Le costó poco, y me encantó que así fuera. Murió con las tres gallinas que correteaban por el patio del fondo y eso bastó para que me soltara la mano y se fuera con la tía Guada.
La sala tenía una pequeña ventana bien alta, larga pero angosta. Y yo, como las otra mamás, pasaba unos cuantos minutos con la nariz pegada al vidrio tratando de espiar lo que pasaba allí adentro.
Y después todo pasó demasiado rápido. Demasiado.
Dejó el chupete. Dejó los pañales. Dejó la mamadera. Invitó a sus amigas a jugar a la casa. Se quedó a dormir en la casa de Lola. Y de Iara. Y de Flor. Y de Cande. Se fue de excursión. Nació su hermana Malena. Empezó a pololear. Dejó de pololear. Nos mudamos a Chile. Hizo nuevas amigas. Cambió el “Sho soy Sol” por “Io soy la Sol”. Tuvo si primera pijamada. Y, ahora, se gradúa de kinder. Oh my god. Se gradúa de kinder.
Es increíble cómo ha pasado el tiempo. Es increíble cómo hemos crecido todos. Va más allá de qué tipo de madre seamos, cuánto rato le dediquemos a los niños o qué soñemos para ellos el día de mañana. Estos pequeños `hitos` de la vida de nuestros hijos, necesariamente, nos llenan el estómago de mariposas.
Es un post demasiado serio, lo sé. Pero es que al cagó cómo me movilizan estas cuestiones. Sobre todo, imagino, cuando se trata de la hija mayor...
Ayer vi la foto que le tomaron con el birrete (sí, birrete. Too much, pero divertido igual!). Salió tan linda. Es tan linda. Y eso a pesar de la ensalada de dientes gigantes que últimamante le han salido. La verdad, es un sol. Mi Sol. Mi enorme Sol.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Casi cualquier cosa
Basta. Estoy chata de las dos niñitas que sistemáticamente molestan a mi Sol. Que no te sientes aquí, que vete para allá, que tú no puedes jugar, que tu dibujo está feo. Si no me obligase a contar hasta cien cada vez que las escucho molestar a mi princesa mayor, les gritaría hasta dejarlas despeinadas (y sordas).
Las mujeres somos capaces de soportar casi cualquier cosa. Podemos parir bebés enormes, podemos cargar guaguas de 18 kilos desde el auto hasta la cama, podemos soportar la depilación del rebaje con cera caliente y hasta aguantar todo el día comiendo apenas un par de hojas de lechuga. Pero lo que no podemos aguantar es la cara de tristeza de nuestros niños.
Es increíble cómo somos capaces de somatizar y empatizar con estas cuestiones. A mí me duele la guata cada vez que veo en Sol una mueca triste. Me gusta el título de ese libro que dice “Si todo es bullying, nada es bullying”. O sea, entiendo que a los seis años estas son cosas de niños, pero cuando se vuelve sistemático es momento de empezar a prestar más atención…
Lo bueno es que Sol no pesca demasiado. Como que se va a jugar con otras, y ya. Pero me consta que no le da lo mismo, porque en la casa siempre hace algún comentario sobre estas pequeñas “malditas”.
Me pregunto hasta dónde las madres podemos interceder. ¿Podemos decirles a nuestros hijos que las niñas que las molestan son fomes, aguaguadas y que no valen la pena? ¿O es demasiado y sólo tenemos que decirles que no presten atención? ¿Podemos llamar a las otras mamás y pedirles que hablen con sus hijas? Alguien me dijo que eso estaba muy mal visto. Así que mejor no.
Por momentos tengo ganas de convertirme en mosca para estar todo el día revoloteando alrededor de mi hija y evitar que la lastimen. Pero de a ratos entiendo que tiene que crecer y que lo que no la mata, la fortalece. Pero qué no daría una por evitarles sufrimientos innecesarios, ¿no?
Es curioso: aún yo, que en verdad me considero una madre deficiente en varios aspectos, me vuelvo una leona cuando se trata de defender a mis cachorras. Esas dos niñitas no saben con quién se han metido… grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.
Por primera vez me siento absolutamente desorientada. Obvio que no puedo andar matoneando a dos pendejas. ¿O sí?
Las mujeres somos capaces de soportar casi cualquier cosa. Podemos parir bebés enormes, podemos cargar guaguas de 18 kilos desde el auto hasta la cama, podemos soportar la depilación del rebaje con cera caliente y hasta aguantar todo el día comiendo apenas un par de hojas de lechuga. Pero lo que no podemos aguantar es la cara de tristeza de nuestros niños.
Es increíble cómo somos capaces de somatizar y empatizar con estas cuestiones. A mí me duele la guata cada vez que veo en Sol una mueca triste. Me gusta el título de ese libro que dice “Si todo es bullying, nada es bullying”. O sea, entiendo que a los seis años estas son cosas de niños, pero cuando se vuelve sistemático es momento de empezar a prestar más atención…
Lo bueno es que Sol no pesca demasiado. Como que se va a jugar con otras, y ya. Pero me consta que no le da lo mismo, porque en la casa siempre hace algún comentario sobre estas pequeñas “malditas”.
Me pregunto hasta dónde las madres podemos interceder. ¿Podemos decirles a nuestros hijos que las niñas que las molestan son fomes, aguaguadas y que no valen la pena? ¿O es demasiado y sólo tenemos que decirles que no presten atención? ¿Podemos llamar a las otras mamás y pedirles que hablen con sus hijas? Alguien me dijo que eso estaba muy mal visto. Así que mejor no.
Por momentos tengo ganas de convertirme en mosca para estar todo el día revoloteando alrededor de mi hija y evitar que la lastimen. Pero de a ratos entiendo que tiene que crecer y que lo que no la mata, la fortalece. Pero qué no daría una por evitarles sufrimientos innecesarios, ¿no?
Es curioso: aún yo, que en verdad me considero una madre deficiente en varios aspectos, me vuelvo una leona cuando se trata de defender a mis cachorras. Esas dos niñitas no saben con quién se han metido… grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.
Por primera vez me siento absolutamente desorientada. Obvio que no puedo andar matoneando a dos pendejas. ¿O sí?
miércoles, 20 de octubre de 2010
Mejor nana conocida que nana por conocer
La conversa que transcribo la escuché ayer en un cumpleaños, entre dos mujeres de treintaytantos:
-“Necesito nana puertas adentro, ojalá chilena del Sur. ¿Le puedes preguntar a la tuya si tiene alguien para recomendarme?”
-“Mmmm es que la mía nunca tiene a nadie. Siempre que le pregunto me dice que no conoce, igual le consulto”
-“Ya, te pasaste. Es que el tema de las nanas me tiene chata”
-“Me imagino, es que una buena nana te soluciona la vida”
-“De todas maneras”
La mujer que busca nana es abogado y trabaja en un banco. La que está feliz con la suya no sé qué estudió, pero es una auténtica mamá ‘nadadora’ (no hace nada, nada en todo el día).
¿En qué minuto las nanas se convirtieron para todas en algo más imprescindible que el papel confort? Da lo mismo. Ahora el concepto está legitimado y ninguna mujer con empleo, o sin empleo pero con un par de lucas demás, se anima a vivir sin una. Sólo mi amiga Vero aperra con los mellizos y con la casa. Ella, nadie más. Al menos nadie más que yo conozca.
Para mí el tema fue realmente heavy. Sin familia como back up, la única posibilidad que tengo de trabajar fuera de la casa y de salir a comer alguna vez con mi marido es teniendo nana puertas adentro. Varias veces he relatado en este blog mis peripecias para conseguir una persona honesta, pero Kena, la persona que está ahora con nosotros, merece su propio post.
Después de tres extranjeras que decidieron de un día al otro volver a sus países contraté a una chilena. Es separada, de Concepción y tiene 3 hijos, el menor de 8 años. Lleva en casa unos cuatro meses y es lo más parecido a un sargento retirado que he visto en mi vida. Si algún día quiere cambiar de rubro, creo que como gendarme en una cárcel de mujeres sería un siete.
Nos tiene a todos de aquí para allá. Me ordena quitarme los zapatos mientras hace el aseo y se enoja con las niñitas si no terminan toda la comida que está en el plato. Usa tres jabones Popeye por semana y limpia la tina con cloro todos los días, aunque yo le diga que con dos veces a la semana es más que suficiente.
Un día, hace algunas semanas, mi marido volvió del Lider cargado con bolsas. Tocó timbre y cuando ella le abrió la puerta y lo vio le dijo: “Y usted no tiene manos para usar la llave que me anda tocando timbre”. Él, que es un señorito inglés, en lugar de mandarla a la cresta le dijo que tenía las manos ocupadas con al menos siete bolsas cada una. Una anécdota nomás.
El punto es que, ante la desesperación, y sobre todo el pánico de quedarnos sin nadie, le venimos explicando día tras día que nos encantaría que fuese un poco menos rígida. Que el aseo no es lo más importante y que si las niñitas están felices con ella la pega está bien hecha. Es buena Kena, tiene un modo de mierda, pero es una buena mujer.
La gran contra es que nos tinca que Sol no la aguanta. Le carga su perfil tan mañoso e inflexible. Pero el gran pro es que es honesta y, como buena madre, sabe resolver urgencias. Mi mamá me dice que puedo encontrar a alguien igual de responsable pero más dulce. Yo le digo que mejor malo conocido que bueno por conocer.
Insisto: no sé en qué minuto se volvieron más importantes que el papel confort. Aunque reconozco que yo podría limpiarme el poto con cualquier cosa; pero no podría volver a quedarme sin nana.
-“Necesito nana puertas adentro, ojalá chilena del Sur. ¿Le puedes preguntar a la tuya si tiene alguien para recomendarme?”
-“Mmmm es que la mía nunca tiene a nadie. Siempre que le pregunto me dice que no conoce, igual le consulto”
-“Ya, te pasaste. Es que el tema de las nanas me tiene chata”
-“Me imagino, es que una buena nana te soluciona la vida”
-“De todas maneras”
La mujer que busca nana es abogado y trabaja en un banco. La que está feliz con la suya no sé qué estudió, pero es una auténtica mamá ‘nadadora’ (no hace nada, nada en todo el día).
¿En qué minuto las nanas se convirtieron para todas en algo más imprescindible que el papel confort? Da lo mismo. Ahora el concepto está legitimado y ninguna mujer con empleo, o sin empleo pero con un par de lucas demás, se anima a vivir sin una. Sólo mi amiga Vero aperra con los mellizos y con la casa. Ella, nadie más. Al menos nadie más que yo conozca.
Para mí el tema fue realmente heavy. Sin familia como back up, la única posibilidad que tengo de trabajar fuera de la casa y de salir a comer alguna vez con mi marido es teniendo nana puertas adentro. Varias veces he relatado en este blog mis peripecias para conseguir una persona honesta, pero Kena, la persona que está ahora con nosotros, merece su propio post.
Después de tres extranjeras que decidieron de un día al otro volver a sus países contraté a una chilena. Es separada, de Concepción y tiene 3 hijos, el menor de 8 años. Lleva en casa unos cuatro meses y es lo más parecido a un sargento retirado que he visto en mi vida. Si algún día quiere cambiar de rubro, creo que como gendarme en una cárcel de mujeres sería un siete.
Nos tiene a todos de aquí para allá. Me ordena quitarme los zapatos mientras hace el aseo y se enoja con las niñitas si no terminan toda la comida que está en el plato. Usa tres jabones Popeye por semana y limpia la tina con cloro todos los días, aunque yo le diga que con dos veces a la semana es más que suficiente.
Un día, hace algunas semanas, mi marido volvió del Lider cargado con bolsas. Tocó timbre y cuando ella le abrió la puerta y lo vio le dijo: “Y usted no tiene manos para usar la llave que me anda tocando timbre”. Él, que es un señorito inglés, en lugar de mandarla a la cresta le dijo que tenía las manos ocupadas con al menos siete bolsas cada una. Una anécdota nomás.
El punto es que, ante la desesperación, y sobre todo el pánico de quedarnos sin nadie, le venimos explicando día tras día que nos encantaría que fuese un poco menos rígida. Que el aseo no es lo más importante y que si las niñitas están felices con ella la pega está bien hecha. Es buena Kena, tiene un modo de mierda, pero es una buena mujer.
La gran contra es que nos tinca que Sol no la aguanta. Le carga su perfil tan mañoso e inflexible. Pero el gran pro es que es honesta y, como buena madre, sabe resolver urgencias. Mi mamá me dice que puedo encontrar a alguien igual de responsable pero más dulce. Yo le digo que mejor malo conocido que bueno por conocer.
Insisto: no sé en qué minuto se volvieron más importantes que el papel confort. Aunque reconozco que yo podría limpiarme el poto con cualquier cosa; pero no podría volver a quedarme sin nana.
jueves, 14 de octubre de 2010
La era del calzón
Las primerizas que no trabajan tienen ese no se qué… se lo pasan hablando de sus guaguas como si fuese lo único importante en el mundo. Creen que sólo ellas han pasado por lo que todas hemos pasado. Que sólo sus hijos tienen tanto reflujo, que sólo sus hijos duermen pésimo, que sólo sus hijos tienen intolerancia a la lactosa, que sólo sus hijos se mean justo el día que no les tienen ropa de cambio y un eterno sinfín de etcéteras. Esas minas son las que no soporto. Las que buscan panoramas para los niños porque sólo así pueden armar su carrete de la mañana y antes de que los cabros cumplan tres ya sienten que saben tanto como el pediatra. Uffffff, i-n-s-o-p-o-r-t-a-b-l-e-s.
Estoy en pleno proceso de control de esfínteres con Malena. Después de muchos intentos suaves, paulatinos y conversados, finalmente he decidido que una niñita de casi tres años que está por llegar al metro del altura ya no puede andar con pañales. Así que he optado por la vía radical y desde hace una semana le expliqué que tiene que usar calzón. Se mee o no se mee. Y, por supuesto, se mea.
Y es ahí donde me cargan los comentarios del tipo: “Ay pero si yo con la Manuela lo hice superfácil. A los dos años exactos le compré la pelela y un mes después ya le había sacado el pañal de la noche”. O: “Es que estás apurada. Mi Felipe dejó el pañal él solito a los tres años y 9 meses”. O sea: ¿nueve meses más mudando potos sucios? De ninguna manera.
Ocurre que esas dos mamás no hacen absolutamente nada de sus vidas más que hablar de Manuela y Felipe, dos cabros que jamás se alejan más de medio metro de sus faldas, en el jardín lloran si se manchan la polera con témpera y en la plaza hacen una tremenda pataleta si el niñito de al lado sin querer (o a propósito, a estos efecto da igual) los salpica con arena.
Lo que pasa es que, como yo no juzgo, me pone de pésimo humor que me juzguen. Si quieren construir sus vidas únicamente alrededor de sus hijos, háganlo. Pero no me señalen como una bestia si decido dar por finalizada la etapa de guagua. Con casi tres años es una niñita, y las niñitas van al baño. Además, en todo caso la que lava los calzones soy yo! Ni ellas, ni la maestra, ni la nana. Yo.
En esta carrera contra el pañal he probado de todo. Dibujarle caritas felices cada vez que hace pipí, comprarle regalos, jugar ene con tarros con agua y masa (alguien me dijo que psicológicamente podía ayudar) y obviamente proveerla de los mejores y más bonitos calzones disponibles en el mercado: princesas, backyardigans, corazones. Los mea todos. Literalmente, ella se caga en las princesas.
La esperanza es lo último que se pierde, pero confieso que ya estoy chata. Si alguien tiene un consejo útil será absolutamente bienvenido. Incluso si es de primerizas sabelotodo. Nunca se sabe… tal vez haya alguna que realmente tiene la papa y la quiere compartir.
Estoy en pleno proceso de control de esfínteres con Malena. Después de muchos intentos suaves, paulatinos y conversados, finalmente he decidido que una niñita de casi tres años que está por llegar al metro del altura ya no puede andar con pañales. Así que he optado por la vía radical y desde hace una semana le expliqué que tiene que usar calzón. Se mee o no se mee. Y, por supuesto, se mea.
Y es ahí donde me cargan los comentarios del tipo: “Ay pero si yo con la Manuela lo hice superfácil. A los dos años exactos le compré la pelela y un mes después ya le había sacado el pañal de la noche”. O: “Es que estás apurada. Mi Felipe dejó el pañal él solito a los tres años y 9 meses”. O sea: ¿nueve meses más mudando potos sucios? De ninguna manera.
Ocurre que esas dos mamás no hacen absolutamente nada de sus vidas más que hablar de Manuela y Felipe, dos cabros que jamás se alejan más de medio metro de sus faldas, en el jardín lloran si se manchan la polera con témpera y en la plaza hacen una tremenda pataleta si el niñito de al lado sin querer (o a propósito, a estos efecto da igual) los salpica con arena.
Lo que pasa es que, como yo no juzgo, me pone de pésimo humor que me juzguen. Si quieren construir sus vidas únicamente alrededor de sus hijos, háganlo. Pero no me señalen como una bestia si decido dar por finalizada la etapa de guagua. Con casi tres años es una niñita, y las niñitas van al baño. Además, en todo caso la que lava los calzones soy yo! Ni ellas, ni la maestra, ni la nana. Yo.
En esta carrera contra el pañal he probado de todo. Dibujarle caritas felices cada vez que hace pipí, comprarle regalos, jugar ene con tarros con agua y masa (alguien me dijo que psicológicamente podía ayudar) y obviamente proveerla de los mejores y más bonitos calzones disponibles en el mercado: princesas, backyardigans, corazones. Los mea todos. Literalmente, ella se caga en las princesas.
La esperanza es lo último que se pierde, pero confieso que ya estoy chata. Si alguien tiene un consejo útil será absolutamente bienvenido. Incluso si es de primerizas sabelotodo. Nunca se sabe… tal vez haya alguna que realmente tiene la papa y la quiere compartir.
martes, 28 de septiembre de 2010
Tiempo de tener tiempo
Fueron demasiados días feriados, demasiada pega, demasiados resfriados. Por una cosa u otra, no escribí. Y mi excusa fue simplemente esa: no encontré tiempo para hacerlo. Así como otras no encuentran tiempo para estudiar, o para tener hijos porque están full trabajando, o para trabajar porque están full criando, yo no encontré tiempo para sentarme en el computador y postear algo más o menos digno. Sorry.
La semana pasada fue el cumpleaños de mi abuelo. Durante días me comí la cabeza pensando cómo podía ser tan mala nieta y no acompañarlo en su celebración número 87. Pero bueno, todo no se puede. Él está en Buenos Aires, yo acá, tengo trabajo que hacer, todavía soy nueva en la empresa y no da empezar a pedir vacaciones, las niñitas tienen clases… más que perdonada. Eso pensaba hasta que mi corazón se estrujó y me ví “obligada” a comprar un pasaje. Hablé con mi editora, me inventé una nota allende la cordillera (para eliminar cualquier tipo de culpa profesional) y partí a las 7.30 hs para regresar a las 23.50, del mismo día.
¿Conclusión? La falta de tiempo es puro cuento. El tiempo está ahí, esperando que abusemos de él. Lo que nos falta es capacidad para utilizarlo de manera inteligente. Y sin culpas.
No, no estoy diciendo que todas seamos incapaces de administrar las 24 horas del día. O en realidad sí, sin ánimo de ofender a nadie. Es que las minas tenemos esa horrenda capacidad de ahogarnos en un vaso de agua. Vemos el árbol pero no vemos el bosque. Tenemos tantos problemas que nos cegamos ante las soluciones. Perdemos tanto tiempo lamentándonos por lo que no hacemos que nos olvidamos de disfrutar lo que sí hacemos o, lo que es peor, lo que podríamos hacer.
Hace muchos, muchos años, me agarró una terrible pataleta porque una amiga mía se celebraba el mismo día que mi primo. Yo, obviamente, moría por ir a la fiesta de mi amiga. Pero en casa me explicaron que una cosa es el querer y otra muy distinta es el deber. Y que más allá de que yo quisiera ir al cumpleaños de Anita, debía ir al festejo familiar. Así lo hice. Y diría que esa enseñanza podría seguir teniendo vigencia en mi vida… pero últimamente he decidido que no, que de ninguna manera. Desde hace un tiempo hago lo que quiero y quiero lo que hago. Y lo que corresponda, o lo que los demás esperen, me tiene absolutamente sin cuidado. Tal vez para muchos yo sea una loca que dejó a las cabras chicas en Chile y se arrancó a Buenos Aires. Pero para mí, y lo que es más importante, para mi abuelito, soy la mejor nieta del mundo.
Como siempre, la moneda tiene dos caras. De nosotras depende. O seguimos quejándonos de que el tiempo no alcanza, o nos cargamos el tiempo al hombro y lo dividimos a gusto y piaccere. Créanme, es mucho más entretenido... y las niñitas ni me pescaron.
La semana pasada fue el cumpleaños de mi abuelo. Durante días me comí la cabeza pensando cómo podía ser tan mala nieta y no acompañarlo en su celebración número 87. Pero bueno, todo no se puede. Él está en Buenos Aires, yo acá, tengo trabajo que hacer, todavía soy nueva en la empresa y no da empezar a pedir vacaciones, las niñitas tienen clases… más que perdonada. Eso pensaba hasta que mi corazón se estrujó y me ví “obligada” a comprar un pasaje. Hablé con mi editora, me inventé una nota allende la cordillera (para eliminar cualquier tipo de culpa profesional) y partí a las 7.30 hs para regresar a las 23.50, del mismo día.
¿Conclusión? La falta de tiempo es puro cuento. El tiempo está ahí, esperando que abusemos de él. Lo que nos falta es capacidad para utilizarlo de manera inteligente. Y sin culpas.
No, no estoy diciendo que todas seamos incapaces de administrar las 24 horas del día. O en realidad sí, sin ánimo de ofender a nadie. Es que las minas tenemos esa horrenda capacidad de ahogarnos en un vaso de agua. Vemos el árbol pero no vemos el bosque. Tenemos tantos problemas que nos cegamos ante las soluciones. Perdemos tanto tiempo lamentándonos por lo que no hacemos que nos olvidamos de disfrutar lo que sí hacemos o, lo que es peor, lo que podríamos hacer.
Hace muchos, muchos años, me agarró una terrible pataleta porque una amiga mía se celebraba el mismo día que mi primo. Yo, obviamente, moría por ir a la fiesta de mi amiga. Pero en casa me explicaron que una cosa es el querer y otra muy distinta es el deber. Y que más allá de que yo quisiera ir al cumpleaños de Anita, debía ir al festejo familiar. Así lo hice. Y diría que esa enseñanza podría seguir teniendo vigencia en mi vida… pero últimamente he decidido que no, que de ninguna manera. Desde hace un tiempo hago lo que quiero y quiero lo que hago. Y lo que corresponda, o lo que los demás esperen, me tiene absolutamente sin cuidado. Tal vez para muchos yo sea una loca que dejó a las cabras chicas en Chile y se arrancó a Buenos Aires. Pero para mí, y lo que es más importante, para mi abuelito, soy la mejor nieta del mundo.
Como siempre, la moneda tiene dos caras. De nosotras depende. O seguimos quejándonos de que el tiempo no alcanza, o nos cargamos el tiempo al hombro y lo dividimos a gusto y piaccere. Créanme, es mucho más entretenido... y las niñitas ni me pescaron.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Irresponsable
La falta de sueño no es buena consejera. En los últimos días me he peleado con medio mundo. Estoy intolerante, irritable, malhumorada y enojona. Más que de costumbre. Es que siento sobre mis espaldas el peso de demasiadas responsabilidades. El colegio, el pediatra, los cumpleaños, los compromisos sociales, el trabajo, la pareja, la familia que está lejos, la casa, etc, etc, etc.
Y la culpa, una vez más la culpa, me está comiendo el cerebro. Lógico, cómo no sentir culpa cuando la fantasía de tomar un avión que aterrice en el medio de la nada, sin celular ni acceso a Internet, se hace cada vez más recurrente. Ahhhhh! De sólo pensarlo se me hace agua la boca. Nada de llantos, nada de reclamos, nada de pataletas, nada de reuniones, nada de gente!!
Hoy es un buen día. Mi marido supo leer mi cara de poto y arrancó con las niñitas a algún lugar. No tengo ni idea por dónde andan. Y, entre nos, tampoco me importa. Sólo deseo que sea lo suficientemente lejos como para que demoren harto en volver.
Hoy veía la chanchita Olivia y me reía sola. Vieron ese capítulo en el que ella le dice a su mamá que va a salvar el mundo y la madre le contesta: “Ok, pero ten cuidado al cruzar la calle”, es demasiado genial. ¿Quién no mata por 24 horas en silencio? Yo sí. Y si alguna dice que no es, a mi entender, una auténtica mentirosa.
Estoy chata de este modelo inabordable de mujer esponja, capaz de absorber múltiples responsabilidades. Quiero hacer una cosa por vez. O ninguna, y que no me importe. Quiero dormir con tapones para no escuchar que las niñitas se despertaron. Quiero usar buzo para no darme cuenta si estoy más gorda. Quiero tomarme vacaciones para visitar a mis abuelos y que no me importe si suena irresponsable. ¡Eso! Yo quiero ser irresponsable. Mucho más irresponsable de lo que ya soy.
Quiero ser como la mamá de Olivia, que ni se inmuta cuando sus hijos salen a la calle y sigue concentrada en sus galletas. Quiero encontrar el botón de pausa para parar el mundo y bajarme por un rato. ¿Quién viene?
Y la culpa, una vez más la culpa, me está comiendo el cerebro. Lógico, cómo no sentir culpa cuando la fantasía de tomar un avión que aterrice en el medio de la nada, sin celular ni acceso a Internet, se hace cada vez más recurrente. Ahhhhh! De sólo pensarlo se me hace agua la boca. Nada de llantos, nada de reclamos, nada de pataletas, nada de reuniones, nada de gente!!
Hoy es un buen día. Mi marido supo leer mi cara de poto y arrancó con las niñitas a algún lugar. No tengo ni idea por dónde andan. Y, entre nos, tampoco me importa. Sólo deseo que sea lo suficientemente lejos como para que demoren harto en volver.
Hoy veía la chanchita Olivia y me reía sola. Vieron ese capítulo en el que ella le dice a su mamá que va a salvar el mundo y la madre le contesta: “Ok, pero ten cuidado al cruzar la calle”, es demasiado genial. ¿Quién no mata por 24 horas en silencio? Yo sí. Y si alguna dice que no es, a mi entender, una auténtica mentirosa.
Estoy chata de este modelo inabordable de mujer esponja, capaz de absorber múltiples responsabilidades. Quiero hacer una cosa por vez. O ninguna, y que no me importe. Quiero dormir con tapones para no escuchar que las niñitas se despertaron. Quiero usar buzo para no darme cuenta si estoy más gorda. Quiero tomarme vacaciones para visitar a mis abuelos y que no me importe si suena irresponsable. ¡Eso! Yo quiero ser irresponsable. Mucho más irresponsable de lo que ya soy.
Quiero ser como la mamá de Olivia, que ni se inmuta cuando sus hijos salen a la calle y sigue concentrada en sus galletas. Quiero encontrar el botón de pausa para parar el mundo y bajarme por un rato. ¿Quién viene?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)